Era inevitable. El anuncio hecho por ETA de que ha puesto fin a la lucha armada, ha sido recibido con mucho escepticismo por la sociedad española y no pocos analistas internacionales. No era para menos. La última vez que ETA dispuso un "cese el fuego permanente", el 24 de marzo de 2006, lo rompió con su habitual violencia en diciembre de ese mismo año, asesinando a dos inmigrantes ecuatorianos cuando detonaron una bomba en el aparcamiento del aeropuerto de Barajas.
Entre marzo y diciembre de 2006, el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero y ETA trataron de negociar un acuerdo de paz que, hacia noviembre, parecía muerto. ETA exigía el traslado de sus presos en varias cárceles españolas al País Vasco, pero al considerar que no se habían satisfecho esa y otras demandas, volvieron a matar. Hasta ahora.
Como ha ocurrido en el pasado, se ha tratado de establecer paralelos entre el País Vasco e Irlanda del Norte.
Durante las negociaciones que condujeron al histórico acuerdo firmado en Belfast el Viernes Santo de 1998, varios observadores vascos viajaron a Belfast para explorar la posibilidad de aplicar algunas de sus lecciones en España. Después de todo, aunque cada proceso de negociaciones después de una guerra, tiene que ser visto en su propio contexto histórico y político, hay ciertos factores comunes en ambos casos que pueden servir de trampolín para negociar en el País Vasco.
En base a mi experiencia en la cobertura del proceso de paz norirlandés para la BBC, debo decir que, de ser serio el cese el fuego definitivo de ETA, el proceso de negociaciones será largo, tortuoso, en ocasiones descorazonador y alentador en otras.
Si no fuera porque en política no existen los milagros (vaya, los milagros no existen), se podría decir que en Irlanda del Norte ocurrió uno. Y es que cuando comenzaron las negociaciones un día lluvioso de setiembre de 1997 en el imponente palacio de Stormont, en Belfast, quienes cubríamos el proceso buscando señales de humo blanco, mientras nos protegíamos de la lluvia, presentíamos un proceso que sólo daría frutos si es todos los involucrados hacían concesiones, las mismas que luego tendrían que vender a sus propios seguidores y parlamentos.
A las negociaciones asistieron representantes de los gobiernos británico e irlandés, así como los delegados de los partidos católicos nacionalistas – el moderado Socialdemócrata y Laborista y el radical Sinn Fein –, y protestantes – el Partido Unionista de Ulster y otras organizaciones menores -. A diferencia del País Vasco en el caso de ETA, en Irlanda del Norte el Ejército Republicano Irlandés (IRA) sólo había declarado un cese el fuego temporal. Su brazo político, Sinn Fein, había evadido en más de una ocasión la necesidad convencer a sus mandamases armados de que era necesario abandonar la lucha armada, como gesto de buena voluntad previo a cualquier negociación. Pero el IRA no estaba dispuesto a dejar las armas, en caso que las negociaciones fracasaran. Los paramilitares unionistas habían seguido el ejemplo del IRA y también declararon un cese temporal de hostilidades, pero amenazaban con aceitar las armas si las cosas no salían a su gusto.
En estas discusiones había un ausente díscolo: el Partido Unionista Democrático (DUP), del reverendo Ian Paisley. Para Paisley, un orador robusto, sonoro y carismático, los unionistas que se sentaban en la mesa de negociaciones con Sinn Fein eran unos traidores. En 1986, cuando le preguntaron a Paisley si estaría dispuesto a negociar con Sinn Fein, él contesto con una palabra, repetida tres veces, y que se convirtió casi en un canto de batalla de los unionistas más radicales: "never, never, never!" (¡nunca, nunca, nunca!).
Mientras que la dirigencia de los unionistas asistía a las negociaciones con rostro adusto, los representantes de Sinn Fein tenían el semblante alegre de quien ha ganado la guerra y se va a repartir el botín. Después de todo, su presencia en Stormont parecía darle legitimidad a la banda armada a la que representaban de manera indirecta. Es más, uno de los principales negociadores de Sinn Fein era Martin McGuinnes, antiguo comandante del IRA en Derry. Desde su cese el fuego temporal, el IRA parecía parapetado con el dedo en el gatillo, listo a disparar si los nacionalistas católicos no obtenían concesiones importantes.
Pero mientras transcurrían las conversaciones, ambos bandos se dieron cuenta que, al menos por el momento, tendría que posponer reivindicaciones históricas, si no querían aparecer como los responsables del fracaso. Los unionistas tuvieron que aceptar, entre otras cosas, una mayor presencia de la República del Irlanda en los asuntos del norte. Por su parte los nacionalistas tuvieron que abandonar la idea de que, como fruto de las negociaciones, el llamado Ulster pasaría a ser parte de la República Irlandesa. Al menos por ahora.
El acuerdo de Viernes Santo de 1998 logró lo que la campaña militar no hizo: convenció al IRA de que había una seria contradicción entre sus objetivos militares, y el hecho de que su brazo político fuera parte inherente de un proceso de paz. Al mismo tiempo, muchos barrios católicos, que hasta el momento habían visto al IRA como un escudo protector ante los desmanes de los paramilitares unionistas, empezaron a resentir la presencia armada de sus militantes.
En enero de 2005, un miembro del IRA mató a otro católico - Robert McCartney – luego de un altercado. El IRA decidió proteger al responsable de la muerte de McCartney. En el pasado, asesinatos a sangre fría como este habrían quedado impunes. Por un lado, muchos católicos se habrían negado a denunciarlo ante la policía de un país que consideraban invasor (Gran Bretaña). El IRA habría ayudado, además, con una buena dosis de intimidación. Esta vez, las hermanas de Robert McCartney se negaron a quedar calladas y no sólo denunciaron el crimen, sino que montaron una campaña pública de tal magnitud que la dirigencia el IRA se vio obligada a examinar su propia existencia como organización armada. Un grupo católico había matado a otro católico, y los familiares de las víctimas habían dicho ¡basta!
Al mismo tiempo, Sinn Fein era ahora miembro de un "establishment" que antes habían visto con asco. Gerry Adams, dirigente máximo de Sinn Fein, asistía a recepciones en la Casa Blanca, pronunciaba discursos ante gente de negocios, y ya no tenía que mirar de reojo para huir de una bala asesina. Como parte del acuerdo, además, Sinn Fein sería parte del gobierno autónomo de Irlanda del Norte, cuando este se constituyera en Stormont.
El resentimiento por los convenios de Viernes Santo fue mucho más profundo en la comunidad protestante. El DUP, que había decidido participar en las elecciones autonómicas de marzo de 2007 con el propósito de denunciar el acuerdo de paz desde adentro, se convirtió en el partido más votado de la comunidad protestante, arrinconando al Partido Unionista de Ulster a un segundo lugar. Y Sinn Fein se convirtió en el partido mayoritario de la comunidad católica, por encima del moderado Socialdemócrata y Laborista.
La testarudez de Paisley fue derrotada por su propia victoria, y aunque el 2006, luego de una larga y penosa enfermedad, aquel había tendido una escuálida rama de olivo a los republicanos, había dudas sobre su compromiso con los acuerdos de Viernes Santo. Pero el DUP ya no era más el partido de denuncia y campañas del pasado, una organización en los márgenes del sistema, con un dirigente que se desgañitaba denunciando la traición y la cobardía. Ahora era el principal representante de la comunidad unionista en el gobierno autonómico de la provincia. Por su parte, Sinn Fein ya no era simplemente el vocero evasivo del IRA, sino la principal voz de la comunidad católica en la provincia.
Por ley, al DUP le correspondía elegir al ministro principal y a Sinn Fein le tocaba la vacante de vice-ministro principal. Dos organizaciones que se habían odiado durante décadas, que se habían negado en más de una ocasión a mirarse a los ojos, tenían ahora la responsabilidad de formar gobierno. Y lo formaron.
Paisley se dio cuenta de que tenía la responsabilidad de representar a una mayoría unionista que, en todo caso, empezaba a aceptar que los acuerdos de Semana Santa eran inamovibles. El 8 de mayo de 2007, Ian Paisley juramentó como ministro principal y Martin MacGuinnes como vice-ministro. No hay fotos de apretones de manos en público, pero durante su gestión ambos aprendieron a respetarse mutuamente. Y cuando Ian Paisley decidió retirarse de la vida política, debido a la edad y la enfermedad, en marzo de 2010, McGuinnes le ofreció un sentido tributo ante un grupo de periodistas atónitos.
La pregunta es entonces ¿De qué le sirven al País Vasco estas lecciones?
En Euskadi ya existe un gobierno autonómico, algo que no ocurría en Irlanda del Norte. Los intentos del pasado por crear un nivel mínimo de autonomía en la provincia británica, siempre chocaron con el boicot abierto de los unionistas. Por otro lado, el proceso de negociaciones en Ulster comenzó en momentos en que existía un cese el fuego precario, por lo temporal, no uno definitivo. Los avances en las conversaciones impregnaron al IRA de una obsolescencia abrumadora, en la que la retórica violentista parecía, a todas luces, un rezago del pasado antes que una necesidad del presente. Esto podría ocurrir con ETA, en caso que caiga en la tentación de romper el cese el fuego permanente que ha declarado.
En el País Vasco, además, no existe el peso de las diferencias religiosas, algo que exacerbó el conflicto en Irlanda del Norte. Todos los protagonistas del drama vasco parecen asistir a la misma misa.
En Irlanda del Norte, muchos paramilitares católicos y protestantes que fueron responsables de la muerte de inocentes, fueron amnistiados como parte de los acuerdos. Esta fue una prueba de fuego que puso en evidencia el deseo de paz de los norirlandeses. No todos aceptan esta concesión, pero muchos han tenido que llorar en silencio para permitir que la paz se imponga.
Aún quedan rezagos del sectarismo del pasado, pero esto no va a poner en peligro el proceso en la provincia, porque sus habitantes se han acostumbrado tanto a vivir en paz, que ya nadie quiere la guerra.
Las lecciones del proceso de paz en Irlanda del Norte no pueden ser transferidas matemáticamente a Euskadi. Hay diferencias políticas y culturales. Además, de concretarse un acuerdo, habrá quienes en el bando etarra no aceptarán la paz y, como ha ocurrido en Irlanda del Norte, formarán grupúsculos armados que puede matar y herir. Pero no cabe duda que si existe la voluntad política, todo es posible.
Si alguien me hubiera dicho ese septiembre lluvioso de 1996 que algún día el DUP y Sinn Fein gobernarían juntos, me habría burlado de forma sonora de semejante atrevimiento. Y sin embargo, ocurrió. Además, hoy el IRA ya no existe (entregó las armas en septiembre de 2005) y la mayoría de los grupos paramilitares protestantes se han desbandado.
Termino esta crónica como terminé un artículo que publiqué en la página de internet BBC Mundo el 8 de mayo de 2007, y que ojalá se pueda aplicar un día al País Vasco: "Quienes estuvimos en Belfast hace casi diez años dudando que la paz llegaría, tenemos razones poderosas para estar satisfechos de lo bien que nos equivocamos".

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