29/07/2014
06/12/2013
Nelson Mandela o la sonrisa inevitable
Hace unos años, me encontraba en Ciudad del Cabo en una de mis tantas visitas a Sudáfrica. Era un mes de julio, mes de lluvias en el Cabo de las Tormentas. Poco antes de terminar totalmente empapado por un chaparrón breve pero diluviano, el sol de tibio invierno del Cabo había iluminado esa extraña ciudad en la que confluyen Africa y Europa, en una explosión de colores y estilos que empequeñecen bajo la presencia tutelar de Table Mountain.
Caminaba una de las calles de los suburbios, cuando me encontré con una escena que menos de una generación atrás habría sido inconcebible, subversiva, en realidad un delito: un grupo de niños, blancos y negros, salía de su escuela, jugueteando, dándose manotazos inocentes, correteando por el parque aledaño. Ninguno de esos niños había nacido cuando el hombre que hizo posible esa armonía salió de la cárcel, en una soleada mañana de febrero de 1990. Los abuelos de esos niños habrán vivido en mundos divorciados: los abuelos negros en chozas y sus homónimos blanco en las amplias casas que rodean los viñedos mediterráneos del cabo occidental. Los abuelos negros habrían tenido que usar lavatorios segregados o evitado atreverse a subir a trenes en los que letreros obvios advertían: "Solo para Blancos". Ni los abuelos negros ni los abuelos blancos habrían concebido que sus nietos asistirían a escuelas en cuyos libros de texto, la palabra "apartheid" pertenecería a capítulos de la historia, y que no eran parte de reglamentos ni leyes en vigencia. Ese es uno de los legados de Nelson Mandela, ese hombre bueno que nos ha dejado en una especie de orfandad, que hace meses presentíamos, pero que cuando se hizo realidad, igual nos dolió.
Durante su discurso en la municipalidad de Ciudad del Cabo el día de su excarcelación, el 11 de febrero de 1990, Mandela, que dejaba detrás 27 años de prisión, pudo haber llamado a la insurrección. Encarcelado por dirigir el brazo armado del Congreso Nacional Africano, Mandela se había negado en más de una ocasión a aceptar ofertas de libertad, porque la condición que le imponían los opresores era que renunciara a la lucha armada. Mandela dijo que no, y sólo cuando el último gobierno del apartheid, dirigido por F. W. De Klerk, se dejó vencer por la testarudez principista de Mandela, es que ese hombre noble salió, erguido y un tanto desconcertado, de la cárcel de Victor Verster, una prisión pastoral que reemplazó a Robben Island, esa isla desde que veía la libertad perdida como si nunca fuera a llegar.
En esa alocución accidentada, sin embargo, Mandela llamó a la reconciliación. Planteó la negociación. Sin disparar un tiro, comenzó la segunda revolución sudafricana, la que valía porque llevó a la victoria. Ahí se ahogó el miedo, la abrumadora mayoría negra en esa plaza atiborrada de ciudadanos sin derechos llamaba a los pocos blancos que se atrevieron a asistir a ese capítulo histórico "camarada", mientras que sus carceleros respiraban con alivio ante de posibilidad cierta de que iban a seguir viviendo. Ahí empezaron, de a poco, a disiparse las sospechas, las mismas que, en todo caso, se cernirían sobre la mesa de negociaciones en los duros meses que siguieron a la liberación del héroe.
Durante la conversaciones que condujeron a las primeras elecciones democráticas en Sudáfrica, Mandela mantuvo ese estilo desafiante que mostró en el juicio que lo llevó a la cárcel en junio de 1964. Pero esta vez, esa voluntad testaruda no lo confinó a una isla desierta, sino que lo llevó directamente a la presidencia de su país. Mandela, que durante su administración no logró todo lo que se había propuesto - reducir la pobreza, acabar con la corrupción - tuvo la osadía de limitarse a un solo mandato presidencial y no ir a la reelección. Así, Madiba escribió un capítulo inédito en las incompletas democracias africanas.
Mandela reescribió la historia de su país en capítulos bien marcados, con discursos, símbolos, sonrisas, y gestos emblemáticos que dejaban boquiabiertos a tirios y troyanos.
Durante su presidencia, Mandela decidió darle la contra a la historia y romper otra división: la deportiva. La segregación racial en Sudáfrica se traducía también en los estadios. El fútbol era para la mayoría negra, mientras que el rugby era monopolio blanco. El símbolo del rugby segregacionista era una gacela conocida como springbok, y que para muchos sudafricanos negros era la versión deportiva del apartheid. Los blancos vestían la camiseta verde con el springbok con el mismo orgullo con el que segregaban lavatorios, trenes, bancas de parque o restaurantes. El springbok era, en realidad, un letrero disfrazado de antílope, que decía "Sólo Para Blancos". Para un negro, vestir la camiseta verde era un acto de traición, un gesto de colusión con el opresor. Los negro solo asistían a los campos de rugby en su condición de limpiadores o sirvientes de los adinerados jugadores de rugby.
Como parte de su reingreso al mundo deportivo mundial, Sudáfrica fue sede del campeonato mundial de Rugby en 1995. Nelson Mandela se apareció en la final, vistiendo la camiseta verde y amarilla de la selección de rugby con el springbok en el pecho. Días antes, esos mastodontes blancos habían pasado horas entrenando goles y aprendiendo el nuevo himno sudafricano, que incluía la antigua canción de batalla del ANC. Francoise Piennar, el capitán de la selección, no pudo cantarlo frente a la multitud que asistió a la final entre Sudáfrica y Nueva Zalanda, porque se le hacía un nudo en la garganta. Sudáfrica venció a los invencibles "All Blacks" y cuando Pienaar se acercó a recibir la copa de campeones, Mandela le espetó "gracias por lo que ha hecho por nuestro país". "Usted se equivoca", replicó Pinaar "gracias a usted por lo que ha hecho por Sudáfrica". La alianza quedó sellada, ese inmenso muro que separó a estadios de estadios quedó hecho trizas en ese diálogo breve pero lleno de intensidad. "Ese gesto valió mucho más que todos los sermones sobre la reconciliación que podamos echar" dijo su viejo amigo y camarada de luchas, Desmond Tutu, en una especie de homilía calmada y dolorosa, pronunciada a las pocas horas de la muerte de Madiba ante una sala atiborrada de periodistas en Ciudad del Cabo.
Luego de abandonar el poder por la puerta grande, Mandela mantuvo un cierto tufillo de rebeldía contra el orden establecido, el mismo que el propio Madiba contribuyó a crear. Su sucesor, Thabo Mbeki - que una vez dijo que no conocía a una sola persona afectada por el VIH - desarrolló una curiosa teoría según la cual el SIDA tenía su origen en la pobreza y la marginación y no en un virus. Para él, la cura consistía en una dieta de alimentos balanceados para los pobres. Mandela, uno de cuyos hijos murió de SIDA, se alió con la ciencia para refutar a su sucesor, causando irritación en el palacio presidencial de Pretoria.
Durante su relativamente corta vida política - la pública, no la escondida por los mastines del apartheid - Mandela siempre mantuvo su lealtad hacia quienes apoyaron la lucha contra el apartheid. Madiba fue criticado por saludar a Fidel Castro y mostrar gestos de amistad hacia Muhamar Gadafi. Su argumento -controvertido pero de alguna manera lógico - era que no le podían dar la espalda a quienes no se la dieron a él cuando estaba preso. Cierto, esa lealtad lo puso en apuros, pero el mismo Mandela que le dio la mano a Fidel y Gadafi, se la dio a P. W. Botha, su cancerbero mayor. El Mandela de Gadafi y Castro invitó a su carcelero de Robeen Island a la ceremonia en la que juramentó como el primer presidente negro de su país. Es el mismo Mandela que saludó con un apretón de manos al primer ministro británico David Cameron, él mismo que alguna vez había pertenecido a una asociación de universitarios conservadores que publicó un afiche pidiendo que Mandela fuera ahorcado. Mandela tuvo el mérito de practicar una especie de daltonismo político, una testaruda vocación de conciliación que lo ha acompañado hasta la tumba.
Nelson Mandela deja un país imperfecto, una nación de carencias y desigualdades. Algunos de los gobernantes del país más económicamente desarrollado de Africa se han corrompido, y la gran mayoría de los veteranos de la lucha contra el apartheid han partido o están llegando al ocaso de esas vidas llenas de historia, no pueden seguir luchando. Pero hay otra Sudáfrica testamentaria, la de una democracia que, aunque imperfecta, no corre el peligro de desintegrarse en alguna tentación totalitaria. Ahí está la Sudáfrica que creó Mandela, en la que el diálogo entre razas no solo no es inconcebible sino que es inevitable; la Sudáfrica que no se fue a la guerra consigo misma; la Sudáfrica de la sonrisa abierta y generosa. Desmond Tutu dijo en su homenaje al viejo amigo, sin el cual ese obispo elocuente se va a quedar un poco más solo, que insinuar que Sudáfrica se va a desintegrar apenas Mandela suspire por última vez es casi un insulto al legado del héroe de Robeen Island. Un insulto a los sudafricanos. La Sudáfrica que sobrevivió las iniquidades del apartheid, las duras negociaciones hacia la democracia, y que ahora tiene que aprender a sobrevivir sin la callada presencia de su padre, tiene que salir de este luto un poco más alta, un poco menos injusta. Debido a Madiba, no le queda otro remedio.
Caminaba una de las calles de los suburbios, cuando me encontré con una escena que menos de una generación atrás habría sido inconcebible, subversiva, en realidad un delito: un grupo de niños, blancos y negros, salía de su escuela, jugueteando, dándose manotazos inocentes, correteando por el parque aledaño. Ninguno de esos niños había nacido cuando el hombre que hizo posible esa armonía salió de la cárcel, en una soleada mañana de febrero de 1990. Los abuelos de esos niños habrán vivido en mundos divorciados: los abuelos negros en chozas y sus homónimos blanco en las amplias casas que rodean los viñedos mediterráneos del cabo occidental. Los abuelos negros habrían tenido que usar lavatorios segregados o evitado atreverse a subir a trenes en los que letreros obvios advertían: "Solo para Blancos". Ni los abuelos negros ni los abuelos blancos habrían concebido que sus nietos asistirían a escuelas en cuyos libros de texto, la palabra "apartheid" pertenecería a capítulos de la historia, y que no eran parte de reglamentos ni leyes en vigencia. Ese es uno de los legados de Nelson Mandela, ese hombre bueno que nos ha dejado en una especie de orfandad, que hace meses presentíamos, pero que cuando se hizo realidad, igual nos dolió.
Durante su discurso en la municipalidad de Ciudad del Cabo el día de su excarcelación, el 11 de febrero de 1990, Mandela, que dejaba detrás 27 años de prisión, pudo haber llamado a la insurrección. Encarcelado por dirigir el brazo armado del Congreso Nacional Africano, Mandela se había negado en más de una ocasión a aceptar ofertas de libertad, porque la condición que le imponían los opresores era que renunciara a la lucha armada. Mandela dijo que no, y sólo cuando el último gobierno del apartheid, dirigido por F. W. De Klerk, se dejó vencer por la testarudez principista de Mandela, es que ese hombre noble salió, erguido y un tanto desconcertado, de la cárcel de Victor Verster, una prisión pastoral que reemplazó a Robben Island, esa isla desde que veía la libertad perdida como si nunca fuera a llegar.
En esa alocución accidentada, sin embargo, Mandela llamó a la reconciliación. Planteó la negociación. Sin disparar un tiro, comenzó la segunda revolución sudafricana, la que valía porque llevó a la victoria. Ahí se ahogó el miedo, la abrumadora mayoría negra en esa plaza atiborrada de ciudadanos sin derechos llamaba a los pocos blancos que se atrevieron a asistir a ese capítulo histórico "camarada", mientras que sus carceleros respiraban con alivio ante de posibilidad cierta de que iban a seguir viviendo. Ahí empezaron, de a poco, a disiparse las sospechas, las mismas que, en todo caso, se cernirían sobre la mesa de negociaciones en los duros meses que siguieron a la liberación del héroe.
Durante la conversaciones que condujeron a las primeras elecciones democráticas en Sudáfrica, Mandela mantuvo ese estilo desafiante que mostró en el juicio que lo llevó a la cárcel en junio de 1964. Pero esta vez, esa voluntad testaruda no lo confinó a una isla desierta, sino que lo llevó directamente a la presidencia de su país. Mandela, que durante su administración no logró todo lo que se había propuesto - reducir la pobreza, acabar con la corrupción - tuvo la osadía de limitarse a un solo mandato presidencial y no ir a la reelección. Así, Madiba escribió un capítulo inédito en las incompletas democracias africanas.
Mandela reescribió la historia de su país en capítulos bien marcados, con discursos, símbolos, sonrisas, y gestos emblemáticos que dejaban boquiabiertos a tirios y troyanos.
Durante su presidencia, Mandela decidió darle la contra a la historia y romper otra división: la deportiva. La segregación racial en Sudáfrica se traducía también en los estadios. El fútbol era para la mayoría negra, mientras que el rugby era monopolio blanco. El símbolo del rugby segregacionista era una gacela conocida como springbok, y que para muchos sudafricanos negros era la versión deportiva del apartheid. Los blancos vestían la camiseta verde con el springbok con el mismo orgullo con el que segregaban lavatorios, trenes, bancas de parque o restaurantes. El springbok era, en realidad, un letrero disfrazado de antílope, que decía "Sólo Para Blancos". Para un negro, vestir la camiseta verde era un acto de traición, un gesto de colusión con el opresor. Los negro solo asistían a los campos de rugby en su condición de limpiadores o sirvientes de los adinerados jugadores de rugby.
Como parte de su reingreso al mundo deportivo mundial, Sudáfrica fue sede del campeonato mundial de Rugby en 1995. Nelson Mandela se apareció en la final, vistiendo la camiseta verde y amarilla de la selección de rugby con el springbok en el pecho. Días antes, esos mastodontes blancos habían pasado horas entrenando goles y aprendiendo el nuevo himno sudafricano, que incluía la antigua canción de batalla del ANC. Francoise Piennar, el capitán de la selección, no pudo cantarlo frente a la multitud que asistió a la final entre Sudáfrica y Nueva Zalanda, porque se le hacía un nudo en la garganta. Sudáfrica venció a los invencibles "All Blacks" y cuando Pienaar se acercó a recibir la copa de campeones, Mandela le espetó "gracias por lo que ha hecho por nuestro país". "Usted se equivoca", replicó Pinaar "gracias a usted por lo que ha hecho por Sudáfrica". La alianza quedó sellada, ese inmenso muro que separó a estadios de estadios quedó hecho trizas en ese diálogo breve pero lleno de intensidad. "Ese gesto valió mucho más que todos los sermones sobre la reconciliación que podamos echar" dijo su viejo amigo y camarada de luchas, Desmond Tutu, en una especie de homilía calmada y dolorosa, pronunciada a las pocas horas de la muerte de Madiba ante una sala atiborrada de periodistas en Ciudad del Cabo.
Luego de abandonar el poder por la puerta grande, Mandela mantuvo un cierto tufillo de rebeldía contra el orden establecido, el mismo que el propio Madiba contribuyó a crear. Su sucesor, Thabo Mbeki - que una vez dijo que no conocía a una sola persona afectada por el VIH - desarrolló una curiosa teoría según la cual el SIDA tenía su origen en la pobreza y la marginación y no en un virus. Para él, la cura consistía en una dieta de alimentos balanceados para los pobres. Mandela, uno de cuyos hijos murió de SIDA, se alió con la ciencia para refutar a su sucesor, causando irritación en el palacio presidencial de Pretoria.
Durante su relativamente corta vida política - la pública, no la escondida por los mastines del apartheid - Mandela siempre mantuvo su lealtad hacia quienes apoyaron la lucha contra el apartheid. Madiba fue criticado por saludar a Fidel Castro y mostrar gestos de amistad hacia Muhamar Gadafi. Su argumento -controvertido pero de alguna manera lógico - era que no le podían dar la espalda a quienes no se la dieron a él cuando estaba preso. Cierto, esa lealtad lo puso en apuros, pero el mismo Mandela que le dio la mano a Fidel y Gadafi, se la dio a P. W. Botha, su cancerbero mayor. El Mandela de Gadafi y Castro invitó a su carcelero de Robeen Island a la ceremonia en la que juramentó como el primer presidente negro de su país. Es el mismo Mandela que saludó con un apretón de manos al primer ministro británico David Cameron, él mismo que alguna vez había pertenecido a una asociación de universitarios conservadores que publicó un afiche pidiendo que Mandela fuera ahorcado. Mandela tuvo el mérito de practicar una especie de daltonismo político, una testaruda vocación de conciliación que lo ha acompañado hasta la tumba.
Nelson Mandela deja un país imperfecto, una nación de carencias y desigualdades. Algunos de los gobernantes del país más económicamente desarrollado de Africa se han corrompido, y la gran mayoría de los veteranos de la lucha contra el apartheid han partido o están llegando al ocaso de esas vidas llenas de historia, no pueden seguir luchando. Pero hay otra Sudáfrica testamentaria, la de una democracia que, aunque imperfecta, no corre el peligro de desintegrarse en alguna tentación totalitaria. Ahí está la Sudáfrica que creó Mandela, en la que el diálogo entre razas no solo no es inconcebible sino que es inevitable; la Sudáfrica que no se fue a la guerra consigo misma; la Sudáfrica de la sonrisa abierta y generosa. Desmond Tutu dijo en su homenaje al viejo amigo, sin el cual ese obispo elocuente se va a quedar un poco más solo, que insinuar que Sudáfrica se va a desintegrar apenas Mandela suspire por última vez es casi un insulto al legado del héroe de Robeen Island. Un insulto a los sudafricanos. La Sudáfrica que sobrevivió las iniquidades del apartheid, las duras negociaciones hacia la democracia, y que ahora tiene que aprender a sobrevivir sin la callada presencia de su padre, tiene que salir de este luto un poco más alta, un poco menos injusta. Debido a Madiba, no le queda otro remedio.
25/09/2013
22/09/2013
Ciro Bustos: el Che, Gema y los recuerdos
Lo primero que me llamó la atención cuando me presentaron a Ciro Bustos en esa biblioteca frondosa donde haríamos la entrevista, fue algo que un periodista descubrió hace unos años: que mi entrevistado tiene un parecido impresionante con el actor inglés John Gielgud, que, junto a Lawrence Olivier es uno de los grandes intérpretes de Hamlet del siglo pasado. Como Gielgud, Ciro tiene el semblante sereno y camina con el mentón alto, como si no estuviera habituado a agacharse, como un hombre que no tiene de qué avergonzarse.
Lo otro que me llamó la atención fue su parquedad, no la exuberancia jocosa del bonaerense o la pausada elocuencia del habitante de las pampas. Ciro habla en oraciones breves, pausadas, como pensándolas dos veces para evitar los adjetivos.
Mientras el camarógrafo y el productor desubican sillas, desordenan estantes, desalojan escritorios y mudan estatuillas, para crear el ambiente perfecto con el fin de que esas tres cámaras y esas luces de artificio capturen el diálogo en toda su plenitud, yo trato de romper el hielo hablándole a Ciro de fútbol. Le pregunto de qué equipo es y me dice que supone que es de River. Ciro debe ser uno de los pocos argentinos que hablan de su club como una suposición y no como una certeza casi bíblica. Ni las impostadas protestas del productor y yo (somos hinchas de Boca) parecen sacarlo de esa circunspección, que antes que hostil parece más bien melancólica.
Muchos escriben memorias como una especie de exorcismo, como queriendo sepultar fantasmas que pululan en la memoria; pero la obra de Ciro, "El Che Quiere Verte”, escrita en 2005 y publicada en 2007, parece más bien una larga carta a sí mismo, el regreso al útero mendocino desde que salió el artista para hacerse guerrillero. Ciro escribió esta memoria en Malmö, la ciudad sueca en la frontera costera con Dinamarca donde vive desde que se exilió en 1976. Cuando se decidió escribir el libro, 40 años después de la ejecución a mansalva del Che, posiblemente tuvo sus dudas. En esos años, su anfitrión de hoy en Londres, el periodista británico Richard Gott lo animó: “no necesitas ayuda para escribirlo”. Y la modesta edición castellana ha dado paso a la suntuosa y merecida edición inglesa.
Ciro introduce su libro casi disculpándose, como si se tratara de una intolerable intromisión en hechos grabados en piedra. Pero él sabe, porque estuvo ahí. El no quiere un lugar en la historia, sino que, con la calmada humildad de un jubilado que está en paz consigo mismo, sólo desea contar lo que vio y sintió. Cuando habla del Che, Ciro no lo hace con el tono melodramático del recién converso o la frialdad estadística del historiador sino más bien con la sosegada oratoria de un maestro de provincias.
En 1958, unas entrevistas radiales a Fidel Castro y a Guevara hechas por el periodista argentino Ricardo Masetti, y que escuchó Ciro luego de cometer el sacrilegio de abandonar una parrillada, convencieron al joven artista mendocino de que era hora de empacar los pinceles e irse a Cuba a enseñar arte o empuñar un fusil. A diferencia de la grandilocuencia de estadista en ciernes de Fidel, el Che, apenas perceptible en esa trasmisión entrecortada y tenue, parecía “un hermano argentino, una voz distinta”. Luego de un periplo que incluyó el anclaje en un gran número de puertos hostiles, Ciro llegó a La Habana y se propuso poner su arte al servicio del retoño revolucionario cubano. Citado un día a las 3 de la madrugada, Ciro conoció al Che, entonces Ministro de Industrias. Ese primer encuentro fue más bien formal, breve y sin abrazos. Poco después, cuando fue designado por el propio Che para que se entrenara con el fin de formar parte de una avanzada guerrillera en Argentina, Ciro vio al Che en varias ocasiones cuando este visitó el campo de entrenamiento.
El plan, que consistía en formar un movimiento guerrillero en la provincia argentina de Salta fracasó, principalmente porque su líder, el mismo Ricardo Masetti, se había convertido en un tiranuelo sin control que ejecutaba con aterradora facilidad a quien él consideraba que habían violado los estrictos códigos de disciplina de la guerrilla. Luego de consolidarse la avanzada rebelde, la idea era que el Che saliera de Cuba para integrarse al movimiento; pero su temprana derrota, la estampida de sus miembros y la desaparición –y cabe presumir muerte – de Masetti en las selvas salteñas abortaron ese primer intento revolucionario. Ciro fue parte de esa aventura fallida.
Luego del fracaso de Salta, la Bolivia de 1967 sería entonces el trampolín desde el que se lanzarían a iniciar la lucha armada en otra esquina de América Latina. Como sabemos, ese intento también fracasó, el Che fue capturado y ejecutado, la mayor parte de los guerrilleros fueron arrestados y muertos, y la leyenda del insurgente argentino se convirtió en motivo de estampados de moda y afiches parisinos. Ciro Bustos fue miembro de ese escuadrón de guerreros harapientos y mal armados que quiso, desde las selvas de Bolivia, encender la pradera de la revolución latinoamericana. Y contra lo que muchos han pensado, el objetivo no era tomar el poder en Bolivia y llevar las huestes guerrilleras hasta La Paz sino crear, una vez más, la guerrilla en Argentina.
Bolivia fue donde la relación de Ciro con el Che adquirió visos de intimidad de hermanos. Cuando se encontraron por primera vez desde Cuba “vino directamente a mí y, ahí, un abrazo, algo muy conmovedor porque no era una forma de saludarse entre guerrilleros”. Quizá agobiado por la nostalgia, el Che, que a pesar de haber adoptado el contagioso acento cubano nunca dejó de ser argentino, le preguntaba a Ciro “sobre las calles de Buenos Aires”.
Confinados a una región hostil, acribillados por los mosquitos y la hostilidad de una población local a la que nunca llegaron a seducir por completo, desprovistos de armamento y municiones suficientes para defenderse de un ejército bien pertrechado y asesorado por la CIA, esa legión extranjera de románticos estaba destinada al fracaso. En medio de ese infierno, Ciro Bustos y Ernesto Guevara decidieron que no estaban de acuerdo. No es que tuvieran diferencias sobre el carácter estratégico de la revolución o si Cuba debería ser más amiga de China que de los rusos. Nada tan trivial. Los dos discrepaban sobre el avant-garde.
Mientras la guerrilla registraba una de las escasas victorias de esa campaña infeliz, el Che y Ciro, sentados bajo un árbol generoso, se pusieron a hablar de arte. Le digo a Ciro que, para quienes no estuvimos ahí, parece más bien una escena un tanto surrealista, y le pregunto si esa conversación no era una manera de eludir la tragedia que estaban viviendo. “El está casi todo el día en actitud de comandante de un grupo de gente, creo que sería natural que aflojara esa tensión, y eso es lo que sucedía”, me dice. En su libro, Ciro describe su decepción por la decisión de la revolución cubana de abandonar su tradición de arte modernista, para reemplazarlo por el llamado ‘arte socialista’ que “no es ni una cosa ni la otra”. “El arte debe ser entendido por las masas” sentenció el Che. Años después, leyendo los diarios del comandante, Ciro descubrió que su jefe sabía más de arte moderno que lo que parecía, y que su defensa cerrada del ‘arte socialista’ no era nada más que un discurso político destinado a esa audiencia de mendigos uniformados que escuchaba cada palabra de su líder.
Una de las razones que tuvo Ciro Bustos para escribir este libro, fue aclarar de una vez por todas ese longevo malentendido que existe sobre quién delató la ubicación del Che.
Muchos en la izquierda latinoamericana han participado en este debate más bien parroquial sobre si fue Ciro o Regis Debray, el pusilánime intelectual francés que se integró a la guerrilla - a todas luces, sin tener claro el asunto -, quien bajo presión de sus captores, soltó la lengua. En su libro, Ciro no acusa a nadie, pero sí explica con precisión que cuando ellos fueron arrestados en vísperas del arresto y ejecución de Guevara, los militares bolivianos y la CIA, dos de cuyos agentes lo interrogaron, ya sabían dónde estaba el comandante guerrillero. No es un debate que Ciro Bustos trata de eludir, muy por el contrario, pero, a juzgar por las entrevistas en las que él ha tratado de aclarar el asunto, después de décadas de silencio, los entrevistadores suelen adoptar una actitud inquisitorial, como quien le pregunta a un acusado si se declara culpable o inocente. Trato de hacerle la pregunta de la manera más indirecta posible.
“A juzgar por el libro”, le digo, “da la impresión de que ellos ya sabían cuál era la situación, que nada que hubieran dicho ustedes habría marcado alguna diferencia porque ellos estaban muy bien informados de la presencia del Che en esa zona”
“Antes de salir nosotros del campamento (…) ya había habido dos desertores”, me dice, “un compañero (…) había sido capturado, torturado, arrojado desde un helicóptero a la selva; se había desalojado el campamento central porque el ejército lo ocupó, encontraron las cuevas (…) donde había material, el jeep de Tania (la guerrillera alemana) tenía los pasaportes falsos. Todo se conocía”.
Luego de su arresto, Ciro Bustos y Regis Debray fueron enjuiciados en Camiri por sedición. Sería durante una de esas audiencias sumarias cuando, de manera rimbombante, jueces y fiscales abandonaron toda pretensión de dignidad judicial para anunciar que el Che estaba muerto, algo que fue para Ciro como “recibir un balazo”.
“Es el día de la sentencia en el tribunal en Camiri, nos han juzgado, ha pasado unos meses ¿no es cierto? (…) estábamos todos de pie, esperando que el fiscal terminara su discurso, y entran militares que conmocionan todo, y hablan con el fiscal en secreto, hay expectativa, y el hombre dice ‘acabamos de recibir el informe de la muerte del Che en Valle Grande’…Digo como recibir un balazo porque es como si hubiera muerto todo el proyecto, las perspectivas para Argentina…
Y un amigo con el cual habías hablado de arte, le digo. “Claro, un hermano, un hermano” sonríe.
Luego de pasar unos años en la cárcel, el efímero gobierno militar de izquierda de Juan José Torres lo indultó. La América Latina de esos años no era un lugar seguro, porque los derrocamientos de gobiernos civiles saltaban como la pus. Llegó a Chile y tuvo que salir cuando depusieron a Allende, regresó a Argentina, donde trató de desempolvar su arte, ese talento confinado en algún rincón de Mendoza o en el taller incompleto de Cuba. La Triple A, la nefasta Alianza Anticomunista Argentina, y el golpe de Videla en 1976 frustraron ese renacimiento, y con su estoica familia, la misma que lo acompañó en su periplo cubano y que lo esperó en sus aventuras guerrilleras, salieron para Suecia. El se fue primero, su esposa Ana María y sus hijas llegaron un mes después.
Ciro fue enviado a Malmö, en el sur de Suecia, una ciudad que, según describe, ha perdido su homogeneidad escandinava para convertirse en una urbe multicultural.
En 1995, Ciro, ahora divorciado de Ana María, recibió la visita de Jon Lee Anderon, el biógrafo estadounidense del Che. Anderson, que escribió la introducción de la versión inglesa de “El Che Quiere Verte” describe a Ciro como viviendo en un limbo, acompañado de su querida Gema, un perro pastor alemán que lo acompañaba a todos lados. Hacía tiempo ya que Ciro haba abandonado todo intento por reiniciar su vida de artista. Sus obras y esculturas decoraban solamente su amplio departamento. A Anderson le llamó la atención una tela en la que Ciro había pintado desnudos de hombres y mujeres abrazándose, reclinándose, en movimientos variados y múltiples, pero ninguno tenía rostro. Para Anderson, se trata de una pintura que expresa una gran tristeza. No he visto esa pintura pero para mí tal vez se trata de una manera de no ser visto por ojos oleaginosos cada vez que regresa a su departamento luego de, digamos, una tertulia.
En su lista de agradecimientos, Ciro termina con Gema, su perra muerta, que, dice “no vio este libro terminado”. Cuando acabamos la entrevista y mientras el camarógrafo y el productor reordenaban el mundo, decidí preguntarle porque le había dedicado el libro a Gema. “Ella es coautora” me dice. Le pregunto cómo se murió. No sé si lo que vi es un espejismo provocado por mi propia tendencia al sentimentalismo, o realmente ocurrió, pero me pareció que, como no sucedió cuando hablamos de fútbol o el Che, se animó más que antes; me pareció también que se le empañó la mirada. “Ella me lo dijo” me cuenta “tenía un tumor y un día vino hacia mí, me miró como diciéndome ‘ya no más’, y es ahí cuando la llevé al veterinario y le pusieron la inyección”. Me suelta un rotundo “no” cuando le pregunto si tiene otra mascota: “Gema es irreemplazable”, me responde. Inmediatamente se instaló el silencio, como si nuestra conversación hubiera muerto de muerte natural.
Nos despedimos con un abrazo y dejo a Ciro con los recuerdos del Che y Gema. Malmö está a tiro de piedra de Elsinor, el castillo danés donde transcurre Hamlet. Ciro Bustos/John Gielgud no finge cuando habla, no actúa cuando responde, simplemente dice. No declama cuando recuerda al Che o la revolución, simplemente narra sus recuerdos y sus nostalgias. Y cuando me alejo por las calles soleadas, ahora sí, de Londres, se me ocurre que no resultaría descabellado imaginar a Ciro, parado en medio de su amplio departamento de Malmö, rodeado de lo que más ha querido en la vida: su familia, su comandante, su pastor alemán, recitando a Lord Polonius en el acto 1 de Hamlet:
Those friends thou hast, and their adoption tried/Grapple them to thy soul with hoops of steel".
“Los amigos que tienes y cuya amistad ya has puesto a prueba/aprésalos en tu alma con ganchos de acero.
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La entrevista se puede ver aquí
Columbo, el detective subversivo
Tengo la sospecha de que los principales guionistas de la serie de televisión Columbo, que fue popular en los años sesenta y setenta estuvieron en la lista negra del senador Joseph McCarthy, ese caza-comunistas paranoico que mantuvo a Estados Unidos en un estado de miedo infundado durante seis años, entre 1950 y 1956. Luego quedaría en evidencia que ese tipo no era más que un charlatán obsesivo al que no valía la pena hacer caso, pero mientras duró su reinado de terror, le arruinó la vida a una generación de talentos que cometieron el delito de pensar por cuenta propia.
Lo digo porque, recordando ese programa de tramas simples y directas, me da la impresión que ese detective tuerto andaba luchando su propia lucha de clases.
La premisa es muy simple, pero no por ello menos original: en el exotismo artificial de Los Angeles, con sus centros comerciales desperdigados por avenidas plantadas de grandes palmeras, sus restaurantes de precios prohibitivos y sus excesos sensuales, un tipo con un traje gris y un sobretodo arrugado y grasiento parece embarcado en una campaña personal para combatir el crimen, sobre todo si éste es cometido por algún revistero famoso, un empresario venal, un jefe de policía corrupto o un artista de dudoso talento. Esos millonarios miran a ese tenientito de policía medio tuerto y que parece sufrir de una tortícolis crónica como si fuera un chicle pegado en la suela de sus zapatos caros: molesto pero inofensivo. Después de matar a un socio incómodo o a una amante delatora, siguen viviendo como si nada hubiera pasado, como si Columbo fuera un tipo cuya inteligencia valiera mucho menos que sus cuentas bancarias. Siguen cenando caviar y bebiendo champaña, se pasean en sus autos descapotados como si la ciudad les perteneciera y se comportan como si la impunidad fuera una virtud básica de su manera de vivir.
Columbo es un insulto a la cultura armada de la policía estadounidense: nunca levanta la voz, no usa pistola (en un capítulo, su reticencia a hacer prácticas de tiro casi le cuesta una suspensión) y maneja un automóvil tan destartalado que quien lo ve, con su dueño al timón, podría pensar que éste vive en esa carcocha. Nadie sabe su nombre de pila y habla de "la señora Columbo" como si fue un ser lejano y casi inexistente. Hace anotaciones en papeles tan arrugados como su sobretodo y se pasea con las pruebas del crimen en bolsas donde las mucamas guardan sus verduras y siempre termina sus interrogatorios informales con "and another thing". Toda una contradicción.
Claro está, Columbo siempre gana. Sus victorias siempre llegan en los últimos diez o veinte minutos de esas dos horas en las que pasea su figura por un Los Angeles que lo mira con indiferencia, mientras él recolecta pequeños detalles: un pucho de cigarro aquí, un pedazo de vidrio por allá. Olfatea, lo ausculta todo con su único ojo bueno; se inclina, interroga como quien pide disculpas, deja que su presa se sienta cómoda en sus dudosos laureles. Conforme transcurre la trama, la mirada confiada de esos bebedores de vino caro empiezan a preocuparse, sospechan que ese mendigo con chapa de policía no es tan tonto como parece. Columbo ha cazado a traficantes de armas, a un pintor de dudoso arte, a un mago que en realidad era un criminal nazi, a un fotógrafo de élite, a una mujer que prefirió el balazo al divorcio para deshacerse de un esposo francamente incçomodo, a un director de revista del corazón que tuvo a Columbo en la cuerda floja hasta poco antes que rodaran los créditos y a un jefe de policía que pensó que su rango era más poderoso que la maniática insistencia de Columbo.
En Columbo, los malos son los ricos y el bueno es el que parece pobre. Los malos se gastan en una cena lo que el bueno gana en un año; los malos visten trajes cortados por sastres untuosos y batas de seda, y el bueno, pues sigue vistiendo lo mismo, la corbata floja, el sobretodo ruinoso, la mirada desviada. La élite san angelina ha terminado tras las rejas gracias a ese policía que es la antítesis del hedonismo.
Muchas series de los años sesenta y setenta ha sufrido el ignominioso destino de tener su propia versión cinematográfica, y algunas de ellas solo han heredado del original el nombre: la Misión Imposible de Tom Cruise no tiene nada que ver con la Misión Imposible de los campos de batalla de Europa en la Segunda Guerra Mundial; el Starkey and Hutch de Stiller y Wilson es una caricatura un tanto grotesca del Starkey and Hutch de Glaser y Soul. Pero ¿cómo recrear Columbo en el nuevo milenio? ¿Quién puede resucitar la magia indigente de Peter Falk? ¿Cómo reinventar a ese detective que ha barrido con los ricos de Los Angeles en una época en la que, más bien, los excesos se han multiplicado y resultaría francamente absurdo buscar a un policía sedicioso que no está dispuesto a dejar que los dueños de la ciudad más glamorosa de la tierra se salgan con las suyas?
Pienso que en los guiones de Columbo hay, agazapados, escritores medio rojos que decidieron vengarse del sistema escribiendo tramas en las que el marginado le gana la guerra a los marginadores. En la primera serie, Jack Cassidy, el padre de David, encarna a un mago de élite que, en realidad, era un criminal de guerra nazi que asesina a quien estaba a punto de delatar su secreto. En la segunda, Donald Pleasance es un cultivador de vinos esnob que termina delatado por su propia arrogancia; en la misma temporada, Johnny Cash es un cantante y predicador rico que se pasa las dos horas riéndose del detective con la certeza de que nunca será atrapado. Dick Van Dyke es un fotógrafo de éxito y Patrick Mac Goohan (que aparece en varios episodios y que dirigió más de uno de ellos) es un director de pompas fúnebres que hace más que enterrar muertos en la serie cuatro. En fin, Janet Leigh encarna, en la serie seis, a una actriz que quiere revivir su pasado de gloria matando a su esposo millonario, que se opone a esa resurrección. En otras series hay parásitos que quieren vivir de la plata de sus familias, y en la serie dos, un famoso director de orquesta asesina a una amante para evitar que su suegra se entere de sus aventuras extramatrimoniales.
Peter Falk murió a los 83 años en 2011. Durante su larga carrera cinematográfica, Falk fue un exitoso actor teatral: Don Juan de Moliere, Diario de un Canalla de Ostrovsky y The Iceman Cometh son algunas de las obras por las que las generaciones de viejos amantes del teatro aun lo recuerdan. Frank Capra recordó en su autobiografía como Falk salvó, con su estilo calmado y su talento, la producción de Pocketful of Miracles, la última película del legendario director. Falk también fue el protagonista de una malhadada versión de La Tía Julia y el Escribidor, la novela de Mario Vargas Llosa.
A pesar de ello, Peter Falk será recordado por Columbo, ese detective desvalijado que puso en su lugar a los dueños de los excesos, los autos deportivos y la champaña ruidosa, ese policía que se zurró en los estereotipos y que le dijo a millones de personas que la subversión en el arte es la forma más revolucionara de contar una historia en movimiento. Ah, los buenos tiempos.
Lo digo porque, recordando ese programa de tramas simples y directas, me da la impresión que ese detective tuerto andaba luchando su propia lucha de clases.
La premisa es muy simple, pero no por ello menos original: en el exotismo artificial de Los Angeles, con sus centros comerciales desperdigados por avenidas plantadas de grandes palmeras, sus restaurantes de precios prohibitivos y sus excesos sensuales, un tipo con un traje gris y un sobretodo arrugado y grasiento parece embarcado en una campaña personal para combatir el crimen, sobre todo si éste es cometido por algún revistero famoso, un empresario venal, un jefe de policía corrupto o un artista de dudoso talento. Esos millonarios miran a ese tenientito de policía medio tuerto y que parece sufrir de una tortícolis crónica como si fuera un chicle pegado en la suela de sus zapatos caros: molesto pero inofensivo. Después de matar a un socio incómodo o a una amante delatora, siguen viviendo como si nada hubiera pasado, como si Columbo fuera un tipo cuya inteligencia valiera mucho menos que sus cuentas bancarias. Siguen cenando caviar y bebiendo champaña, se pasean en sus autos descapotados como si la ciudad les perteneciera y se comportan como si la impunidad fuera una virtud básica de su manera de vivir.
Columbo es un insulto a la cultura armada de la policía estadounidense: nunca levanta la voz, no usa pistola (en un capítulo, su reticencia a hacer prácticas de tiro casi le cuesta una suspensión) y maneja un automóvil tan destartalado que quien lo ve, con su dueño al timón, podría pensar que éste vive en esa carcocha. Nadie sabe su nombre de pila y habla de "la señora Columbo" como si fue un ser lejano y casi inexistente. Hace anotaciones en papeles tan arrugados como su sobretodo y se pasea con las pruebas del crimen en bolsas donde las mucamas guardan sus verduras y siempre termina sus interrogatorios informales con "and another thing". Toda una contradicción.
Claro está, Columbo siempre gana. Sus victorias siempre llegan en los últimos diez o veinte minutos de esas dos horas en las que pasea su figura por un Los Angeles que lo mira con indiferencia, mientras él recolecta pequeños detalles: un pucho de cigarro aquí, un pedazo de vidrio por allá. Olfatea, lo ausculta todo con su único ojo bueno; se inclina, interroga como quien pide disculpas, deja que su presa se sienta cómoda en sus dudosos laureles. Conforme transcurre la trama, la mirada confiada de esos bebedores de vino caro empiezan a preocuparse, sospechan que ese mendigo con chapa de policía no es tan tonto como parece. Columbo ha cazado a traficantes de armas, a un pintor de dudoso arte, a un mago que en realidad era un criminal nazi, a un fotógrafo de élite, a una mujer que prefirió el balazo al divorcio para deshacerse de un esposo francamente incçomodo, a un director de revista del corazón que tuvo a Columbo en la cuerda floja hasta poco antes que rodaran los créditos y a un jefe de policía que pensó que su rango era más poderoso que la maniática insistencia de Columbo.
En Columbo, los malos son los ricos y el bueno es el que parece pobre. Los malos se gastan en una cena lo que el bueno gana en un año; los malos visten trajes cortados por sastres untuosos y batas de seda, y el bueno, pues sigue vistiendo lo mismo, la corbata floja, el sobretodo ruinoso, la mirada desviada. La élite san angelina ha terminado tras las rejas gracias a ese policía que es la antítesis del hedonismo.
Muchas series de los años sesenta y setenta ha sufrido el ignominioso destino de tener su propia versión cinematográfica, y algunas de ellas solo han heredado del original el nombre: la Misión Imposible de Tom Cruise no tiene nada que ver con la Misión Imposible de los campos de batalla de Europa en la Segunda Guerra Mundial; el Starkey and Hutch de Stiller y Wilson es una caricatura un tanto grotesca del Starkey and Hutch de Glaser y Soul. Pero ¿cómo recrear Columbo en el nuevo milenio? ¿Quién puede resucitar la magia indigente de Peter Falk? ¿Cómo reinventar a ese detective que ha barrido con los ricos de Los Angeles en una época en la que, más bien, los excesos se han multiplicado y resultaría francamente absurdo buscar a un policía sedicioso que no está dispuesto a dejar que los dueños de la ciudad más glamorosa de la tierra se salgan con las suyas?
Pienso que en los guiones de Columbo hay, agazapados, escritores medio rojos que decidieron vengarse del sistema escribiendo tramas en las que el marginado le gana la guerra a los marginadores. En la primera serie, Jack Cassidy, el padre de David, encarna a un mago de élite que, en realidad, era un criminal de guerra nazi que asesina a quien estaba a punto de delatar su secreto. En la segunda, Donald Pleasance es un cultivador de vinos esnob que termina delatado por su propia arrogancia; en la misma temporada, Johnny Cash es un cantante y predicador rico que se pasa las dos horas riéndose del detective con la certeza de que nunca será atrapado. Dick Van Dyke es un fotógrafo de éxito y Patrick Mac Goohan (que aparece en varios episodios y que dirigió más de uno de ellos) es un director de pompas fúnebres que hace más que enterrar muertos en la serie cuatro. En fin, Janet Leigh encarna, en la serie seis, a una actriz que quiere revivir su pasado de gloria matando a su esposo millonario, que se opone a esa resurrección. En otras series hay parásitos que quieren vivir de la plata de sus familias, y en la serie dos, un famoso director de orquesta asesina a una amante para evitar que su suegra se entere de sus aventuras extramatrimoniales.
Peter Falk murió a los 83 años en 2011. Durante su larga carrera cinematográfica, Falk fue un exitoso actor teatral: Don Juan de Moliere, Diario de un Canalla de Ostrovsky y The Iceman Cometh son algunas de las obras por las que las generaciones de viejos amantes del teatro aun lo recuerdan. Frank Capra recordó en su autobiografía como Falk salvó, con su estilo calmado y su talento, la producción de Pocketful of Miracles, la última película del legendario director. Falk también fue el protagonista de una malhadada versión de La Tía Julia y el Escribidor, la novela de Mario Vargas Llosa.
A pesar de ello, Peter Falk será recordado por Columbo, ese detective desvalijado que puso en su lugar a los dueños de los excesos, los autos deportivos y la champaña ruidosa, ese policía que se zurró en los estereotipos y que le dijo a millones de personas que la subversión en el arte es la forma más revolucionara de contar una historia en movimiento. Ah, los buenos tiempos.
25/04/2013
Maestros queman las sedes del PRI
Mi análisis en YouTuve para Hispan TV sobre la crisis del sistema educativo mexicano
http://www.youtube.com/watch?v=MfySFu-F0BE
http://www.youtube.com/watch?v=MfySFu-F0BE
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