Lo primero que me llamó la atención cuando me presentaron a Ciro Bustos en esa biblioteca frondosa donde haríamos la entrevista, fue algo que un periodista descubrió hace unos años: que mi entrevistado tiene un parecido impresionante con el actor inglés John Gielgud, que, junto a Lawrence Olivier es uno de los grandes intérpretes de Hamlet del siglo pasado. Como Gielgud, Ciro tiene el semblante sereno y camina con el mentón alto, como si no estuviera habituado a agacharse, como un hombre que no tiene de qué avergonzarse.
Lo otro que me llamó la atención fue su parquedad, no la exuberancia jocosa del bonaerense o la pausada elocuencia del habitante de las pampas. Ciro habla en oraciones breves, pausadas, como pensándolas dos veces para evitar los adjetivos.
Mientras el camarógrafo y el productor desubican sillas, desordenan estantes, desalojan escritorios y mudan estatuillas, para crear el ambiente perfecto con el fin de que esas tres cámaras y esas luces de artificio capturen el diálogo en toda su plenitud, yo trato de romper el hielo hablándole a Ciro de fútbol. Le pregunto de qué equipo es y me dice que supone que es de River. Ciro debe ser uno de los pocos argentinos que hablan de su club como una suposición y no como una certeza casi bíblica. Ni las impostadas protestas del productor y yo (somos hinchas de Boca) parecen sacarlo de esa circunspección, que antes que hostil parece más bien melancólica.
Muchos escriben memorias como una especie de exorcismo, como queriendo sepultar fantasmas que pululan en la memoria; pero la obra de Ciro, "El Che Quiere Verte”, escrita en 2005 y publicada en 2007, parece más bien una larga carta a sí mismo, el regreso al útero mendocino desde que salió el artista para hacerse guerrillero. Ciro escribió esta memoria en Malmö, la ciudad sueca en la frontera costera con Dinamarca donde vive desde que se exilió en 1976. Cuando se decidió escribir el libro, 40 años después de la ejecución a mansalva del Che, posiblemente tuvo sus dudas. En esos años, su anfitrión de hoy en Londres, el periodista británico Richard Gott lo animó: “no necesitas ayuda para escribirlo”. Y la modesta edición castellana ha dado paso a la suntuosa y merecida edición inglesa.
Ciro introduce su libro casi disculpándose, como si se tratara de una intolerable intromisión en hechos grabados en piedra. Pero él sabe, porque estuvo ahí. El no quiere un lugar en la historia, sino que, con la calmada humildad de un jubilado que está en paz consigo mismo, sólo desea contar lo que vio y sintió. Cuando habla del Che, Ciro no lo hace con el tono melodramático del recién converso o la frialdad estadística del historiador sino más bien con la sosegada oratoria de un maestro de provincias.
En 1958, unas entrevistas radiales a Fidel Castro y a Guevara hechas por el periodista argentino Ricardo Masetti, y que escuchó Ciro luego de cometer el sacrilegio de abandonar una parrillada, convencieron al joven artista mendocino de que era hora de empacar los pinceles e irse a Cuba a enseñar arte o empuñar un fusil. A diferencia de la grandilocuencia de estadista en ciernes de Fidel, el Che, apenas perceptible en esa trasmisión entrecortada y tenue, parecía “un hermano argentino, una voz distinta”. Luego de un periplo que incluyó el anclaje en un gran número de puertos hostiles, Ciro llegó a La Habana y se propuso poner su arte al servicio del retoño revolucionario cubano. Citado un día a las 3 de la madrugada, Ciro conoció al Che, entonces Ministro de Industrias. Ese primer encuentro fue más bien formal, breve y sin abrazos. Poco después, cuando fue designado por el propio Che para que se entrenara con el fin de formar parte de una avanzada guerrillera en Argentina, Ciro vio al Che en varias ocasiones cuando este visitó el campo de entrenamiento.
El plan, que consistía en formar un movimiento guerrillero en la provincia argentina de Salta fracasó, principalmente porque su líder, el mismo Ricardo Masetti, se había convertido en un tiranuelo sin control que ejecutaba con aterradora facilidad a quien él consideraba que habían violado los estrictos códigos de disciplina de la guerrilla. Luego de consolidarse la avanzada rebelde, la idea era que el Che saliera de Cuba para integrarse al movimiento; pero su temprana derrota, la estampida de sus miembros y la desaparición –y cabe presumir muerte – de Masetti en las selvas salteñas abortaron ese primer intento revolucionario. Ciro fue parte de esa aventura fallida.
Luego del fracaso de Salta, la Bolivia de 1967 sería entonces el trampolín desde el que se lanzarían a iniciar la lucha armada en otra esquina de América Latina. Como sabemos, ese intento también fracasó, el Che fue capturado y ejecutado, la mayor parte de los guerrilleros fueron arrestados y muertos, y la leyenda del insurgente argentino se convirtió en motivo de estampados de moda y afiches parisinos. Ciro Bustos fue miembro de ese escuadrón de guerreros harapientos y mal armados que quiso, desde las selvas de Bolivia, encender la pradera de la revolución latinoamericana. Y contra lo que muchos han pensado, el objetivo no era tomar el poder en Bolivia y llevar las huestes guerrilleras hasta La Paz sino crear, una vez más, la guerrilla en Argentina.
Bolivia fue donde la relación de Ciro con el Che adquirió visos de intimidad de hermanos. Cuando se encontraron por primera vez desde Cuba “vino directamente a mí y, ahí, un abrazo, algo muy conmovedor porque no era una forma de saludarse entre guerrilleros”. Quizá agobiado por la nostalgia, el Che, que a pesar de haber adoptado el contagioso acento cubano nunca dejó de ser argentino, le preguntaba a Ciro “sobre las calles de Buenos Aires”.
Confinados a una región hostil, acribillados por los mosquitos y la hostilidad de una población local a la que nunca llegaron a seducir por completo, desprovistos de armamento y municiones suficientes para defenderse de un ejército bien pertrechado y asesorado por la CIA, esa legión extranjera de románticos estaba destinada al fracaso. En medio de ese infierno, Ciro Bustos y Ernesto Guevara decidieron que no estaban de acuerdo. No es que tuvieran diferencias sobre el carácter estratégico de la revolución o si Cuba debería ser más amiga de China que de los rusos. Nada tan trivial. Los dos discrepaban sobre el avant-garde.
Mientras la guerrilla registraba una de las escasas victorias de esa campaña infeliz, el Che y Ciro, sentados bajo un árbol generoso, se pusieron a hablar de arte. Le digo a Ciro que, para quienes no estuvimos ahí, parece más bien una escena un tanto surrealista, y le pregunto si esa conversación no era una manera de eludir la tragedia que estaban viviendo. “El está casi todo el día en actitud de comandante de un grupo de gente, creo que sería natural que aflojara esa tensión, y eso es lo que sucedía”, me dice. En su libro, Ciro describe su decepción por la decisión de la revolución cubana de abandonar su tradición de arte modernista, para reemplazarlo por el llamado ‘arte socialista’ que “no es ni una cosa ni la otra”. “El arte debe ser entendido por las masas” sentenció el Che. Años después, leyendo los diarios del comandante, Ciro descubrió que su jefe sabía más de arte moderno que lo que parecía, y que su defensa cerrada del ‘arte socialista’ no era nada más que un discurso político destinado a esa audiencia de mendigos uniformados que escuchaba cada palabra de su líder.
Una de las razones que tuvo Ciro Bustos para escribir este libro, fue aclarar de una vez por todas ese longevo malentendido que existe sobre quién delató la ubicación del Che.
Muchos en la izquierda latinoamericana han participado en este debate más bien parroquial sobre si fue Ciro o Regis Debray, el pusilánime intelectual francés que se integró a la guerrilla - a todas luces, sin tener claro el asunto -, quien bajo presión de sus captores, soltó la lengua. En su libro, Ciro no acusa a nadie, pero sí explica con precisión que cuando ellos fueron arrestados en vísperas del arresto y ejecución de Guevara, los militares bolivianos y la CIA, dos de cuyos agentes lo interrogaron, ya sabían dónde estaba el comandante guerrillero. No es un debate que Ciro Bustos trata de eludir, muy por el contrario, pero, a juzgar por las entrevistas en las que él ha tratado de aclarar el asunto, después de décadas de silencio, los entrevistadores suelen adoptar una actitud inquisitorial, como quien le pregunta a un acusado si se declara culpable o inocente. Trato de hacerle la pregunta de la manera más indirecta posible.
“A juzgar por el libro”, le digo, “da la impresión de que ellos ya sabían cuál era la situación, que nada que hubieran dicho ustedes habría marcado alguna diferencia porque ellos estaban muy bien informados de la presencia del Che en esa zona”
“Antes de salir nosotros del campamento (…) ya había habido dos desertores”, me dice, “un compañero (…) había sido capturado, torturado, arrojado desde un helicóptero a la selva; se había desalojado el campamento central porque el ejército lo ocupó, encontraron las cuevas (…) donde había material, el jeep de Tania (la guerrillera alemana) tenía los pasaportes falsos. Todo se conocía”.
Luego de su arresto, Ciro Bustos y Regis Debray fueron enjuiciados en Camiri por sedición. Sería durante una de esas audiencias sumarias cuando, de manera rimbombante, jueces y fiscales abandonaron toda pretensión de dignidad judicial para anunciar que el Che estaba muerto, algo que fue para Ciro como “recibir un balazo”.
“Es el día de la sentencia en el tribunal en Camiri, nos han juzgado, ha pasado unos meses ¿no es cierto? (…) estábamos todos de pie, esperando que el fiscal terminara su discurso, y entran militares que conmocionan todo, y hablan con el fiscal en secreto, hay expectativa, y el hombre dice ‘acabamos de recibir el informe de la muerte del Che en Valle Grande’…Digo como recibir un balazo porque es como si hubiera muerto todo el proyecto, las perspectivas para Argentina…
Y un amigo con el cual habías hablado de arte, le digo. “Claro, un hermano, un hermano” sonríe.
Luego de pasar unos años en la cárcel, el efímero gobierno militar de izquierda de Juan José Torres lo indultó. La América Latina de esos años no era un lugar seguro, porque los derrocamientos de gobiernos civiles saltaban como la pus. Llegó a Chile y tuvo que salir cuando depusieron a Allende, regresó a Argentina, donde trató de desempolvar su arte, ese talento confinado en algún rincón de Mendoza o en el taller incompleto de Cuba. La Triple A, la nefasta Alianza Anticomunista Argentina, y el golpe de Videla en 1976 frustraron ese renacimiento, y con su estoica familia, la misma que lo acompañó en su periplo cubano y que lo esperó en sus aventuras guerrilleras, salieron para Suecia. El se fue primero, su esposa Ana María y sus hijas llegaron un mes después.
Ciro fue enviado a Malmö, en el sur de Suecia, una ciudad que, según describe, ha perdido su homogeneidad escandinava para convertirse en una urbe multicultural.
En 1995, Ciro, ahora divorciado de Ana María, recibió la visita de Jon Lee Anderon, el biógrafo estadounidense del Che. Anderson, que escribió la introducción de la versión inglesa de “El Che Quiere Verte” describe a Ciro como viviendo en un limbo, acompañado de su querida Gema, un perro pastor alemán que lo acompañaba a todos lados. Hacía tiempo ya que Ciro haba abandonado todo intento por reiniciar su vida de artista. Sus obras y esculturas decoraban solamente su amplio departamento. A Anderson le llamó la atención una tela en la que Ciro había pintado desnudos de hombres y mujeres abrazándose, reclinándose, en movimientos variados y múltiples, pero ninguno tenía rostro. Para Anderson, se trata de una pintura que expresa una gran tristeza. No he visto esa pintura pero para mí tal vez se trata de una manera de no ser visto por ojos oleaginosos cada vez que regresa a su departamento luego de, digamos, una tertulia.
En su lista de agradecimientos, Ciro termina con Gema, su perra muerta, que, dice “no vio este libro terminado”. Cuando acabamos la entrevista y mientras el camarógrafo y el productor reordenaban el mundo, decidí preguntarle porque le había dedicado el libro a Gema. “Ella es coautora” me dice. Le pregunto cómo se murió. No sé si lo que vi es un espejismo provocado por mi propia tendencia al sentimentalismo, o realmente ocurrió, pero me pareció que, como no sucedió cuando hablamos de fútbol o el Che, se animó más que antes; me pareció también que se le empañó la mirada. “Ella me lo dijo” me cuenta “tenía un tumor y un día vino hacia mí, me miró como diciéndome ‘ya no más’, y es ahí cuando la llevé al veterinario y le pusieron la inyección”. Me suelta un rotundo “no” cuando le pregunto si tiene otra mascota: “Gema es irreemplazable”, me responde. Inmediatamente se instaló el silencio, como si nuestra conversación hubiera muerto de muerte natural.
Nos despedimos con un abrazo y dejo a Ciro con los recuerdos del Che y Gema. Malmö está a tiro de piedra de Elsinor, el castillo danés donde transcurre Hamlet. Ciro Bustos/John Gielgud no finge cuando habla, no actúa cuando responde, simplemente dice. No declama cuando recuerda al Che o la revolución, simplemente narra sus recuerdos y sus nostalgias. Y cuando me alejo por las calles soleadas, ahora sí, de Londres, se me ocurre que no resultaría descabellado imaginar a Ciro, parado en medio de su amplio departamento de Malmö, rodeado de lo que más ha querido en la vida: su familia, su comandante, su pastor alemán, recitando a Lord Polonius en el acto 1 de Hamlet:
Those friends thou hast, and their adoption tried/Grapple them to thy soul with hoops of steel".
“Los amigos que tienes y cuya amistad ya has puesto a prueba/aprésalos en tu alma con ganchos de acero.
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La entrevista se puede ver aquí

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