22/09/2013

Columbo, el detective subversivo

Tengo la sospecha de que los principales guionistas de la serie de televisión Columbo, que fue popular en los años sesenta y setenta estuvieron en la lista negra del senador Joseph McCarthy, ese caza-comunistas paranoico que mantuvo a Estados Unidos en un estado de miedo infundado durante seis años, entre 1950 y 1956. Luego quedaría en evidencia que ese tipo no era más que un charlatán obsesivo al que no valía la pena hacer caso, pero mientras duró su reinado de terror, le arruinó la vida a una generación de talentos que cometieron el delito de pensar por cuenta propia.

Lo digo porque, recordando ese programa de tramas simples y directas, me da la impresión que ese detective tuerto andaba luchando su propia lucha de clases.

La premisa es muy simple, pero no por ello menos original: en el exotismo artificial de Los Angeles, con sus centros comerciales desperdigados por avenidas plantadas de grandes palmeras, sus restaurantes de precios prohibitivos y sus excesos sensuales, un tipo con un traje gris y un sobretodo arrugado y grasiento parece embarcado en una campaña personal para combatir el crimen, sobre todo si éste es cometido por algún revistero famoso, un empresario venal, un jefe de policía corrupto o un artista de dudoso talento. Esos millonarios miran a ese tenientito de policía medio tuerto y que parece sufrir de una tortícolis crónica como si fuera un chicle pegado en la suela de sus zapatos caros: molesto pero inofensivo. Después de matar a un socio incómodo o a una amante delatora, siguen viviendo como si nada hubiera pasado, como si Columbo fuera un tipo cuya inteligencia valiera mucho menos que sus cuentas bancarias. Siguen cenando caviar y bebiendo champaña, se pasean en sus autos descapotados como si la ciudad les perteneciera y se comportan como si la impunidad fuera una virtud básica de su manera de vivir.

Columbo es un insulto a la cultura armada de la policía estadounidense: nunca levanta la voz, no usa pistola (en un capítulo, su reticencia a hacer prácticas de tiro casi le cuesta una suspensión) y maneja un automóvil tan destartalado que quien lo ve, con su dueño al timón, podría pensar que éste vive en esa carcocha. Nadie sabe su nombre de pila y habla de "la señora Columbo" como si fue un ser lejano y casi inexistente. Hace anotaciones en papeles tan arrugados como su sobretodo y se pasea con las pruebas del crimen en bolsas donde las mucamas guardan sus verduras y siempre termina sus interrogatorios informales con "and another thing". Toda una contradicción.

Claro está, Columbo siempre gana. Sus victorias siempre llegan en los últimos diez o veinte minutos de esas dos horas en las que pasea su figura por un Los Angeles que lo mira con indiferencia, mientras él recolecta pequeños detalles: un pucho de cigarro aquí, un pedazo de vidrio por allá. Olfatea, lo ausculta todo con su único ojo bueno; se inclina, interroga como quien pide disculpas, deja que su presa se sienta cómoda en sus dudosos laureles. Conforme transcurre la trama, la mirada confiada de esos bebedores de vino caro empiezan a preocuparse, sospechan que ese mendigo con chapa de policía no es tan tonto como parece. Columbo ha cazado a traficantes de armas,  a un pintor de dudoso arte, a un mago que en realidad era un criminal nazi, a un fotógrafo de élite, a una mujer que prefirió el balazo al divorcio para deshacerse de un esposo francamente incçomodo, a un director de revista del corazón que tuvo a Columbo en la cuerda floja hasta poco antes que rodaran los créditos y a un jefe de policía que pensó que su rango era más poderoso que la maniática insistencia de Columbo.

En Columbo, los malos son los ricos y el bueno es el que parece pobre. Los malos se gastan en una cena lo que el bueno gana en un año; los malos visten trajes cortados por sastres untuosos y batas de seda, y el bueno, pues sigue vistiendo lo mismo, la corbata floja, el sobretodo ruinoso, la mirada desviada. La élite san angelina ha terminado tras las rejas gracias a ese policía que es la antítesis del hedonismo.

Muchas series de los años sesenta y setenta  ha sufrido el ignominioso destino de tener su propia versión cinematográfica, y algunas de ellas solo han heredado del original el nombre: la Misión Imposible de Tom Cruise no tiene nada que ver con la Misión Imposible de los campos de batalla de Europa en la Segunda Guerra Mundial; el Starkey and Hutch de Stiller y Wilson es una caricatura un tanto grotesca del Starkey and Hutch de Glaser y Soul. Pero ¿cómo recrear Columbo en el nuevo milenio? ¿Quién puede resucitar la magia indigente de Peter Falk? ¿Cómo reinventar a ese detective que ha barrido con los ricos de Los Angeles en una época en la que, más bien, los excesos se han multiplicado y resultaría francamente absurdo buscar a un policía sedicioso que no está dispuesto a dejar que los dueños de la ciudad más glamorosa de la tierra se salgan con las suyas?

Pienso que en los guiones de Columbo hay, agazapados, escritores medio rojos que decidieron vengarse del sistema escribiendo tramas en las que el marginado le gana la guerra a los marginadores. En la primera serie, Jack Cassidy, el padre de David, encarna a un mago de élite que, en realidad, era un criminal de guerra nazi que asesina a quien estaba a punto de delatar su secreto. En la segunda, Donald Pleasance es un cultivador de vinos esnob que termina delatado por su propia arrogancia; en la misma temporada, Johnny Cash es un cantante y predicador rico que se pasa las dos horas riéndose del detective con la certeza de que nunca será atrapado. Dick Van Dyke es un fotógrafo de éxito y Patrick Mac Goohan (que aparece en varios  episodios y que dirigió más de uno de ellos) es un director de pompas fúnebres que hace más que enterrar muertos en la serie cuatro. En fin, Janet Leigh encarna, en la serie seis, a una actriz que quiere revivir su pasado de gloria matando a su esposo millonario, que se opone a esa resurrección. En otras series hay parásitos que quieren vivir de la plata de sus familias, y en la serie dos, un famoso director de orquesta asesina  a una amante para evitar que su suegra se entere de sus aventuras extramatrimoniales.

Peter Falk murió a los 83 años en 2011. Durante su larga carrera cinematográfica, Falk fue un exitoso actor teatral: Don Juan de Moliere, Diario de un Canalla de Ostrovsky y The Iceman Cometh son algunas de las obras por las que las generaciones de viejos amantes del teatro aun lo recuerdan. Frank Capra recordó en su autobiografía como Falk salvó, con su estilo calmado y su talento, la producción de Pocketful of Miracles, la última película del legendario director. Falk también fue el protagonista de una malhadada versión de La Tía Julia y el Escribidor, la novela de Mario Vargas Llosa.

A pesar de ello, Peter Falk será recordado por Columbo, ese detective desvalijado que puso en su lugar a los dueños de los excesos, los autos deportivos y la champaña ruidosa, ese policía que se zurró en los estereotipos y que le dijo a millones de personas que la subversión en el arte es la forma más revolucionara de contar una historia en movimiento. Ah, los buenos tiempos.

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