Cuando llegué a vivir en Sheffield en 1988, dos años antes del derrocamiento de Margaret Thatcher a manos de su propio gabinete, la ciudad, otrora capital del acero y uno de los centros industriales del norte de Inglaterra, parecía una comarca bombardeada. Esos canales de aguas estancadas y orillas plagadas de edificaciones con ventanas desdentadas y paredes desconchadas, que aparecen en la película The Full Monty, no eran parte de un escenario cinematográfico sino más bien el paisaje cotidiano de una ciudad cuya grandeza era cosa del pasado. El odio visceral del habitante de Sheffield hacia la Dama de Hierro no era producto de un exceso ideológico ni de la natural vocación izquierdista de Yorkshire, sino la reacción lógica de una clase obrera orgullosa a la que simplemente le habían quitado el pan de la boca para dárselo, con añadidos de caviar y champaña, a los corredores de bolsa de la City de Londres o a las comarcas decimonónicas del sureste del país.
No extraña, por lo tanto, que haya gente que ha decidido hacer añicos el protocolo flemático del aterido habitante de estas islas para celebrar con fiestas callejeras la muerte de Thatcher. Muchos de quienes montaron fogatas y borracheras al aire libre en Londres o Glasgow nacieron después de la violenta jubilación de la primera jefa de gobierno mujer de Gran Bretaña. Ninguno de ellos sufrió los cierres masivos de minas de carbón o la cancelación sumaria de la industria manufacturera británica, pero sus padres sí saben de qué iba la cosa. Si se quiere, es una rabia heredada. Los mineros y obreros despojados de su salario por el culto monetarista obsesivo de Thatcher, celebran más bien con calladas jornadas de embriaguez en pubs semi oscuros en los que suelen pasar tertulias jugando al dominó o recordando épocas idas.
Algunos diputados laboristas, muchos de los cuales vienen de la misma clase obrera despojada de sus valijas por el thatcherismo, prefirieron quedarse en sus jurisdicciones electorales antes que aceptar la convocatoria para una sesión extraordinaria del parlamento, destinada a elogiar a Thatcher con discursos edulcorados y elogios plagados de anécdotas inventadas o exageradas, para destacar un sentido del humor del que carecía la Dama de Hierro, o una vocación compasiva que para ella, más bien, habría significado una señal de debilidad.
Thatcher derrotó al exclusivo club de hombres que siempre ha dominado –y lo sigue haciendo – la arena política británica. Incluso, poco antes de convertirse en lideresa de los conservadores, ella misma dijo en 1973 que no creía que, mientras viviera, habría una primera ministra mujer. Se equivocó, desde luego, y enarbolando su consuetudinaria cartera, como si se tratara de un taladro imparable, llegó a la jefatura de gobierno. Thatcher no arribó al poder como una mujer sino como un hombre, dicen muchos de quienes trabajaron con ella. De otra manera, no habría podido dominar al exclusivo club de políticos tories, graduados en el exclusivo Eton o militares retirados que peroran con forzado acento aristocrático. Thatcher, la hija de un tendero, estudió química en Oxford y se metió de lleno en la política en una época en la que las mujeres aún eran vistas como seres políticamente inferiores. Nacida en 1925, tres años antes de que la mujer obtuviera el derecho a votar al cumplir los 21 años (en 1918 obtuvieron derechos limitados), Margaret Roberts, que después adoptaría el nombre de su esposo, el empresario Denis Thatcher, si situó a la derecha del Partido Conservador, oponiéndose al liberalismo europeísta de Edward Heath, en cuyo gobierno sirvió como ministra de educación luego de la victoria tory de 1970.
Thatcher escaló posiciones en su partido en momentos turbulentos de la política británica, con huelgas continuas y una campaña violenta y sostenida del Ejército Republicano Irlandés, el IRA, el brazo armado de los nacionalistas radicales católicos. Cuando en 1979 llegó al 10 de Downing Street, luego de que su partido arrasara con un laborismo estupefacto y débil, Thatcher se propuso cambiar a la sociedad británica para siempre.
Para comenzar, la orgullosa industria manufacturera británica fue totalmente marginada en el altar del mercado bursátil. Una travesía por el río Támesis resulta, en este caso, una buena lección de historia. Navegando en esas barcazas que llevan turistas por el río tutelar de Londres, o caminando por sus calles adyacentes, se pueden ver en sus orillas edificios de departamentos de precios prohibitivos, ocupados por corredores de bolsa y banqueros prósperos, que aún mantienen sus nombres originales: Jacksons Warehouse, HTP Buildings, Alexandra Warehouse, nombres de compañías que depositaban ahí sus materias primas para los complejos industriales de Liverpool, Wellimborough o Birminham. Abandonados por muchos años, como las fábricas desiertas a orillas de los canales de Sheffield, hoy esos edificios londinenses son símbolo de esa transformación que incluye el culto a la especulación de bolsa, la inversión tóxica o la compra fraudulenta.
Junto a su compañero de aventuras, un tal Ronald Reagan, Thatcher desmontó aquellas regulaciones que ponían límites a cualquier exceso bancario, cualquier riesgo financiero. El mercado manda, era la filosofía. Y fue a ese mercado al que le dio la misma libertad que se le da a una democracia, con la diferencia que ésta tiene que dar cuentas de sus acciones a un parlamento, mientras que el mercado no le da cuentas a nadie, ni siquiera a sus accionistas. Las instituciones bancarias, que convirtieron a la especulación en una forma de ser, compraban y vendían de todo sin supervisión alguna. Y fue precisamente ese libertinaje obsceno el que dio origen al colapso de Lehman Brothers en 2008 y, posteriormente, al Royal Bank of Scotland, por mencionar sólo dos de esos bancos aniquilados por sus gerentes corruptos.
Sabemos que la historia está plagada de ironías, y en ellas de deben estar revolviendo Reagan y Thatcher, en sus respectivas tumbas. El gobierno británico, de Gordon Brown, el primer ministro que llegó a la jefatura de gobierno por la puerta falsa y que lo primero que hizo cuando se convirtió en inquilino del 10 de Downing Street fue invitar a Thatcher a su residencia temporal, hizo lo que constituye una anatema en la filosofía thatcherista: nacionalizó el RBS, mientras que en Estados Unidos, el gobierno lanzó en paracaídas sendos paquetes de rescate a bancos e instituciones financieras como City Group, Bank of America, AIG, JP Morgan Chase, Goldman Sachs, Morgan Stanley y U.S Bancorp por mencionar sólo a los más grandes; a las principales compañías hipotecarias (las causantes del colapso de muchos bancos del occidente “industrializado”) como Fannie Mae y Freddy Mac; o a empresas manufactureras como Chrysler. Según ProPublica, una organización de periodismo independiente, el gobierno estadounidense se ha gastado la bagatela de 700 mil millones de dólares provenientes de las arcas del estado, es decir, dinero del contribuyente, en operativos de rescate a empresas en apuro. “Nadie recordaría al buen samaritano si solamente hubiera tenido buenas intenciones, también tenía dinero” dijo Thatcher en una ocasión. Sus sucesores parecen haber cumplido al pie de la letra esta máxima.
Thatcher individualizó lo colectivo, en aras de salvar al mundo de las garras del socialismo. Lo dijo en una entrevista: “la sociedad no existe”. Y en esto no se limitó a los bancos o la bolsa de Londres, también se metió con los de abajo.
Durante su primera gestión, La Dama promulgó una ley mediante la cual las municipalidades, que tenían casas de interés social, que eran alquiladas a familias pobres a bajos precios, podían venderlas a sus inquilinos. Thatcher se propuso hacer realidad el sueño de la casa propia vendiendo viviendas destinadas a los más necesitados, sueño financiado por hipotecas fáciles, y que con el transcurso de los años se volvieron irrecuperables. La Dama de Hierro no solamente abolió la vivienda social, sino que se opuso a que los municipios construyeran más. Hoy, cientos de familias pobres hacen colas en las listas de espera de las pocas casas de que disponen los consejos municipales, mientras viven hacinadas en hostales malolientes. Y en las pocas viviendas municipales disponibles se atiborran hasta tres generaciones de una misma familia, como en la época victoriana, habitando casas con desagües atorados y calefacción deficiente. Y muchos de quienes compraron esas propiedades, las han perdido porque el desempleo ocasionado por la recesión los ha privado del dinero necesario para pagar la hipoteca. El sueño convertido en pesadilla.
Margaret Thatcher gobernó a Gran Bretaña durante uno de los períodos más violentos de la postguerra.
Ahí están las manifestaciones provocadas por abusos racistas perpetrados por la policía, los grandes disturbios en protesta por la imposición de un impuesto municipal excesivos – y que fue el preludio de su caída –, los ataques incesantes del IRA.
En 1981, varios presos del nacionalismo irlandés, algunos de ellos vinculados al IRA, realizaron una huelga de hambre exigiendo que se les otorgara el estatus de presos políticos. Thatcher se negó. Cuando estaban casi muertos, una delegación del Partido Laborista, encabezada por quien sería más tarde uno de sus líderes, Roy Hatersley, casi le imploró a Thatcher que por lo menos considerara la posibilidad de darles ese estatus. La primera ministra se mostró, según palabras de Haterley, inconmovible y cruel. Diez de los huelguistas, incluyendo Bobby Sands, diputado elegido al parlamento de Westminster, murieron. El 12 de octubre de 1984, como represalia, el IRA voló por los aires el hotel Brighton, donde se alojaba la mayor parte de delegados que asistía al congreso anual del Partido Conservador. Cinco inocentes murieron. El año anterior, Gerry Adams, dirigente de Sinn Fein, el ala política del IRA, fue elegido diputado al parlamento británico. Su elección se debió, en gran parte, a los votos que le robó al nacionalismo moderado, como consecuencia de la huelga de hambre de tres años atrás. Pero Thatcher siguió en sus trece: ella no negocia con terroristas.
Otra ironía: esos “terroristas” no sólo terminando sentados en la mesa de negociaciones para lograr el acuerdo que le ha devuelto la paz a Irlanda del Norte, sino que uno de sus dirigentes más destacados, el ex jefe de la brigada del IRA en Derry, Martin MacGuinnes, es hoy vice ministro principal en un régimen autonómico en el que gobierna de manera armoniosa con Peter Robinson, líder del Partido Democrático de Ulster, que en una ocasión dijo que jamás hablaría con alguien del nacionalismo católico irlandés armado. Aún cuando Thatcher firmó un acuerdo con la República de Irlanda, en el que se le daba cierta voz al gobierno de Dublín en los asuntos de Irlanda del Norte, aquella siempre se negó a negociar, algo que sí hizo uno de sus pupilos más aprovechados: Tony Blair.
Thatcher se negó a imponer sanciones a la Sudáfrica del apartheid y llamó a Nelson Mandela “terrorista”. Hoy, Mandela es el venerado ex presidente de su país, y muchos consideran que sin las sanciones impuestas por otros países, la minoría blanca sudafricana jamás se habría sentado a negociar el fin de un poder que no les pertenecía.
Margaret Thatcher dividió al país casi por la mitad, entre los pobres del norte, con su nostalgia por una revolución industrial confinada a la historia, y los ricos del sur, amamantados por chequeras obesas y excesos hedonistas.
Thatcher también se las arregló para dividir la cultura, esa que reflejaba las diferencias políticas y económicas que esa conservadora imperturbable impuso en una sociedad que antes de su llegada aún conservaba un atisbo de comunidad. En Londres, los New Romantics crearon una moda pretenciosa y cursi, sus canciones reflejaban la superficialidad de una generación arropada por el individualismo y el dinero fácil. Duran Duran o Spandau Ballet celebraban lo que se podía hacer con ese dinero fácil y esos impuestos casi inexistentes, bailar en una playa de Río, por ejemplo. Mientras que en el norte, Morrisey protestaba con Margaret on the guillotine (Margaret en la Guillotina), Elvis Costello se quejaba en Tramp the Dirt Down y The Specials hablaban de un Pueblo Fantasma (Ghost Town), provocado por el fin de las fábricas:
This town, is coming like a ghost town/Why must the youth fight against themselves?/Government leaving the youth on the shelf/This place, is coming like a ghost town/No job to be found in this country/Can't go on no more/The people getting angry
Este pueblo parece fantasma/¿por qué la juventud tiene que pelear contra sí misma?/el gobierno está dejando a la juventud en la repisa/este lugar parece un pueblo fantasma/no hay trabajo en el país/no se puede seguir así/la gente se está enojando.
Cierto que todos los estropicios thatcheristas no fueron producto del oportunismo o la conveniencia, sino de su profunda convicción de que eso era lo mejor para Gran Bretaña y el mundo. Esta mujer que nunca le perdonó a su gabinete la manera en que fue echada de Downing Street, ha dejado una herencia de la que sus sucesores no han podido – o querido – sacudirse. La primera –y única – mujer en llegar al poder en Gran Bretaña, despreciaba al feminismo y estuvo tanto tiempo en el poder que creó para sí misma su propia casa real. En 1989, al anunciar el nacimiento de su nieto dijo, muy suelta de huesos “nos hemos convertido en abuela”, usando un tono mayestático que debió irritar a la reina de verdad, Isabel, con la que Thatcher nunca se llevó muy bien, cabe suponer que por eso de la competencia.
Francois Miterrand, con quien Thatcher tuvo más de un pugilato político, dijo una vez que ésta tenía “la mirada de Calígula y los labios de Marilyn Monroe”. El primer ministro David Cameron sostuvo en la sesión de homenaje que ella “salvó al Reino Unido” mientras que, casi el mismo tiempo, Craig Parr, un humilde maestro de escuela decidió salir a la calle con una pancarta que decía “alégrense, Thatcher está muerta”. Mientras que sus más ardientes y fieles seguidores piden más estatuas (ya tiene una en el palacio Westmister, sede del parlamento), hay quienes piensa que los 16 millones de dólares que va a costar su sepelio son una pérdida de fondos públicos en momentos en que el estado cierra hospitales y reduce los seguros de desempleo. Margartet Thatcher nació para dividir, una tarea que, después de muerta y como una especie de Cid Campeador al revés, sigue cumpliendo con eficiente puntualidad.
P.D. En su columna bi-semanal, Marios Vargas Llosa le ha rendido a su ídolo uno de esos homenajes edulcorados y carentes de evidencia. Durante su estadía en Londres, MVLL vive en Knightsbridge, un barrio de departamentos de lujo situado en una burbuja poblada por aristócratas, millonarios árabes, tiendas de precios prohibitivos (Harrod's et al) y ausencia absoluta de madres solteras, universitarios desempleados (a menos que sean hijos de esos millonarios), inmigrantes desposeídos o mendigos tristes. Por ahí no pasan los cientos de mineros u obreros que fueron despojados del trabajo. MVLL refleja en su columna el divorcio que existe entre la dura realidad sembrada por Thatcher y quienes se beneficiaron con el thatcherismo: banqueros corruptos y corredores de bolsa desalmados. Escrita desde su propia burbuja trasnochada, su columna es un epitafio para la Thatcher y uno para las anacrónicas ideas del escribidor.
P.D. En su columna bi-semanal, Marios Vargas Llosa le ha rendido a su ídolo uno de esos homenajes edulcorados y carentes de evidencia. Durante su estadía en Londres, MVLL vive en Knightsbridge, un barrio de departamentos de lujo situado en una burbuja poblada por aristócratas, millonarios árabes, tiendas de precios prohibitivos (Harrod's et al) y ausencia absoluta de madres solteras, universitarios desempleados (a menos que sean hijos de esos millonarios), inmigrantes desposeídos o mendigos tristes. Por ahí no pasan los cientos de mineros u obreros que fueron despojados del trabajo. MVLL refleja en su columna el divorcio que existe entre la dura realidad sembrada por Thatcher y quienes se beneficiaron con el thatcherismo: banqueros corruptos y corredores de bolsa desalmados. Escrita desde su propia burbuja trasnochada, su columna es un epitafio para la Thatcher y uno para las anacrónicas ideas del escribidor.

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