25/10/2009

FASCISTA EN LA TELE

¿Quién dijo esta estupidez?

Soy consciente de que la opinión ortodoxa dice que seis millones de judíos fueron gaseados y cremados y convertidos en pantallas de lámpara. La opinión ortodoxa también dijo una vez que la tierra era plana.

Lo dijo, hace algunos años, Nick Griffin, que apareció en un programa político de la BBC el jueves 22 de octubre. Se trata de Question Time, uno de los programas más antiguos de la televisión británica, por el que, de manera obligatoria y cíclica, pasan ministros, diputados, comentaristas, historiadores o comediantes que, sometidos a las preguntas de la audiencia, se embarcan en debates que cubren, por lo general, el estado de la nación, la política económica o alguna trivialidad cultural que le quita solemnidad a lo que es, en esencia, un foro de intercambio de ideas, en fin, algo que ocurre en las democracias sólidas.

La invitación de la BBC para que Griffin, uno de los dos eurodiputados de Partido Nacional Británico (BNP siglas en inglés), asistiera a Question Time levantó una polvareda que prácticamente polarizó a la sociedad británica. Y es que esto no es moco de pavo, sino que va al corazón mismo de las obligaciones de una sociedad democrática.

Griffin fue invitado por una cuestión numérica y de principios. Al ser un representante elegido en las urnas (su partido obtuvo 6,2% de los votos en las elecciones europeas de junio pasado), la BBC tenía la obligación de invitarlo. A un partido legalmente formado, y lamentablemente el BNP lo es, no se le puede negar tribuna.

Los que se opusieron a esa invitación, entre ellos el ex ministro laborista Peter Hain, un destacado activista contra la segregación racial en los años del apartheid en Suráfrica, consideran que al fascismo no se le pueda dar tribuna, que una sociedad democrática no puede hacer concesiones a grupos y personas que usan como plataforma ideológica la discriminación y la ponzoña de la diferenciación racial.

El problema es que Griffin, un tipo abotagado y grotesco, dueño de una risa irritante y modales de convicto, y su partido, proponen la creación de una sociedad eminentemente blanca, anglosajona, expulsando a los extranjeros que vienen a contaminan la "pureza" sanguínea de estas islas. El BNP es el sucesor del Frente Nacional, una formación política creada a finales de los años '60 con el único fin de oponerse a la afluencia de extranjeros, sobre todo de piel oscula y el multiculturalismo. En los años 70'protagonizó marchas xenófobas agitadas por consignas de extrema derecha.

Griffin quiere hacer creer al electorado británico que su racismo abierto y descarado, su homofobia sin tapujos y su odio por todo lo que suene vagamente liberal, son parte de la mentalidad del votante inglés, galés o escocés. Por supuesto que, en el tema del holocausto, Griffin hoy sufre de amnesia. Dice que no sabe por qué dijo lo que dijo, que él es no es nazi, que acepta a los que no tienen su color de piel siempre y cuando hayan nacido en estas tierras. Griffin quiso aprovechar la oportunidad que le brindó la BBC para darle legitimidad a su partido, para convertirlo en parte de ese "establishment" que siempre lo ha visto como un sarnoso ideológico, para meterse de lleno en la misma tribuna que los laboristas, conservadores o liberales demócratas comparten a veces de manera incómoda.

El análisis posterior a la aparición de Griffin en Question Time ha polarizado aún más el debate político en Gran Bretaña.

Por un lado está el trato que Griffin recibió durante el programa. A pesar de que Question Time debe tratar una gran variedad de temas, esta edición se convirtió en un ataque incesante al líder del BNP, no solo por parte de los otros panelistas (el ministro de Justicia, una portavoz conservadora en temas sociales y un portavoz de los liberales demócratas) sino también por parte del moderador del programa, David Dimbleby, a quien la BBC instruyó hostilizar al político ultraderechista, en parte para calmar la ola de protestas provocada por la invitación. Fue un programa monotemático, en el que los participantes compitieron para decidir quién se comportaba con mayor dureza con Griffin, que respondió de manera evasiva, soltando de vez en cuando una risa entre nerviosa y estúpida.

Se trató no solo de un riesgo editorial sino también de un riesgo político, un desafío feroz para la solidez democrática de este país.

Por razones lógicas, quienes más se sintieron ofendidos por la aparición de Griffin en Question Time fueron los miembros de aquellas comunidades que han sido blanco de la furia fascista de Griffin y sus acólitos: inmigrantes, hijos de inmigrantes, homosexuales, miembros de comunidades extranjeras, mujeres.

Sin embargo, no todos los segmentos de dichas comunidades consideran que el trato dado a Griffin ayuda a la democracia, porque los ataques sin pausa de los panelistas y el moderador lo hicieron aparecer, a los ojos de algunos de los ocho millones de televidentes que vieron el programa (una cifra mucho mayor que los "ratings" de los programas más populares de la corporación), como víctima.

Una encuesta publicada por la prestigiosa You Gov, 48 horas después, trajo malas noticias: un quinto del electorado dijo que consideraba la posibilidad de votar por el BNP luego del programa. Estamos hablando de un 20% de los hombres y mujeres con derecho a sufragio en el Reino Unido.

Y es que, según Sholto Bryrnes, sub editor de la prestigiosa revista New Stateman, hijo de inmigrantes con familia judía, musulmana y cristiana, el comportamiento del panel ayudó a Griffin. Ellos usaron "las mismas tácticas matonescas deploradas con tanta frecuencia en los seguidores de Griffin. Y al mostrar su indignación, perdimos la oportunidad de que (Griffin) se condenara a si mismo en sus propias palabras".

Sin embargo, quienes se opusieron a la presencia de Griffin en Question Time, advirtieron antes de que esta se materializara que la aparición del dirigente del BNP podría aumentar el apoyo a ese partido. Esto se ha cumplido, al menos de forma numérica en la encuesta de You Gov. Pero se podría argumentar que se trata de una reacción inmediata, que no necesariamente se transformará en un apoyo electoral concreto en las elecciones generales que se tendrán que realizar, a más tardar, en mayo de 2010.

La experiencia nos dice que los electores siempre han favorecido a los partidos tradicionales. Los votos por los partidos pequeños suelen ser protestas puntuales en elecciones que no tienen carácter nacional. La gente vota por el BNP y algún otro partido marginal en comicios europeos o municipales, pero esos electores de protesta suelen volver al redil del sistema en elecciones generales.

En todo caso, quizá el daño político al BNP no vendrá de las masas justamente indignadas por la aparición de su líder en un programa de televisión que muchos consideran histórico pero efímero. Las reacciones que más deben estar preocupando a Nick Griffin son las que provienen de su propia organización.

El personero del BNP, Lee Barnes, sostuvo que Griffin no había salido airoso de la andanada de ataques de los panelistas y el público de Question Time. Griffin "debió enfrentarse a esos hipócritas quejosos de clase media que usan el tema racial para auto enriquecerse", según Barnes.

Griffin estuvo, por momentos, evasivo, trató de ocultar su antisemitismo con respuestas ambiguas y eso molesta a los de línea dura del BNP, que quieren mostrarse sin máscaras de mesura, abiertamente xenófobos y racistas.

Pero lo que también preocupa a esa militancia es la posibilidad de que el BNP termine, formando parte de ese "establishment" que siempre han rechazado. El BNP siempre se ha oxigenado con la marginalidad, mostrándose como una especie de David enfrentándose al Goliat liberal; estar en las orillas del sistema político británico les ha dado, a los ojos de los incautos que votan o piensan votar por ellos, una legitimidad dudosa pero efectiva. Y hay quienes, dentro del BNP, temen perder esa posición de matones parados en una esquina solitaria, entre otras cosas porque son incapaces de proponer ideas claras en un sistema político de partidos con experiencia de gobierno.

Al fin de cuentas, dependerá de las organizaciones históricas el que el BNP siga en las afueras del aparato partidario británico. Los conservadores, los laboristas y los liberales demócratas, que debido al peculiar sistema electoral británico serán por mucho tiempo los partidos del sistema, tienen que convencer al electorado que el BNP no merece ni un voto, que son ellos quienes tienen que corregir sus propios errores, para seguir siendo alternativa de gobierno, mientras que los neofascistas de Nick Griffin siguen vociferando su mensaje brutal pero inútil.

Ese será el verdadero desafío de esta democracia. Ya superó el duelo del debate, ahora tiene que superar el del voto.


 


 

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