En febrero de este año, el prestigioso Instituto de Empresa de España me invitó a dar una charla sobre periodismo en conflicto en su campus de Segovia, una ciudad medieval que huele a libros antiguos y zaguanes de piedra, a la que se llega luego de tener a la vista los nevados de la Sierra de Guadarrama. El paisaje lo disfruté de regreso a Madrid. Por culpa de una traición del despertador, tuve que asistir a mi propia presentación en taxi, angustiado, mientras ensayaba una disculpa pobre.
En una de las salas de conferencia de ese claustro que ha sabido introducir, sin mayores traumas, tecnología moderna en paredes que más bien habrán sido testigos de conspiraciones de convento, hablamos de los blogueros.
El tema de mi charla fue el periodismo en conflicto y de cómo la BBC, donde trabajé por 15 años hasta hace unos días, usa la objetividad, ese valor tan manoseado, como uno de sus puntales.
El debate posterior se basó en el valor del blog como alternativa periodística. Se habló de extremos con entusiasmo, desde quienes hablan del blog como el nuevo “periodismo popular”, hasta quienes lo observan con una cautela que se aproxima más bien a la descalificación.
Yo dije, recuerdo, que el blog tenía un valor limitado.
El bloguero escribe porque en ello encuentra las respuestas que no halla en el diario de la mañana o el noticiero de la noche. El bloguero analiza lo que no desgrana el periodista de planta, en lo inmediato y efímero de una labor en la que la competencia para mantenerse despierto las 24 horas del día y los 7 días de la semana parece tener más importancia que la sazón y el aderezo.
Dije también que los periodistas, como cualquier profesional, somos tribales, no nos gusta que seres imberbes invadan ese territorio tan nuestro que es la difusión de la palabra. Pero tenemos que acostumbrarnos porque los blogueros ya están aquí.
Pero ¿qué ocurre cuando quienes somos periodistas recurrimos al blog? ¿Nos estamos delatando a nosotros mismos o nos estamos adaptando a ese mundo cibernético que nos abruma con su rapidez y nos confunde con su complejidad?
Esta pregunta me la hice cuando miré a mi alrededor, y me di cuenta de que ya no tenía, por razones que no vale la pena mencionar aquí, lo que tuve durante los últimos quince años: la sala de redacción, la tertulia efímera con los colegas sobre si Borges usó el término “biógrafo” en sus literatura, en fin, la necesidad de informar, esa comezón que da el deseo de analizar, de desgranar los hechos para darles sentido; esa indeseada posición de poder que nos da el saber que hay quienes recurren a nuestras veleidades lingüísticas para enterarse, para saber, para educarse.
De manera que en la soledad que sucede a esa pérdida de la identidad compartida de la sala de noticias, decidí convertirme en portavoz de mis propios deseos de hablar por escrito.
Es la necesidad, de contar y compartir, de pensar en voz alta como quizá no pude hacerlo durante esos 15 años en la augusta BBC.
Es la imperiosa y vital tentación de escribir. No importa dónde. Bienvenidos.

No comments:
Post a Comment