Ah, el cambio climático, el calentamiento global, las mareas que engordan e invaden costas indefensas, los pobres osos polares que no tienen hielo en que transitar, las sequías y las inundaciones. El apocalipsis.
Hay quienes siguen pensando que ese “tremendismo” de campaña relacionado con el calentamiento anormal de la tierra es simplemente una conspiración tejida por vegetarianos europeos con seguridad social, o izquierdistas trasnochados a quienes no les salió mayo del 68 o se decepcionaron por la derrota de la revolución sandinista, y han decidido pintarse de verde, debido a que el rojo yo no hace juego con sus excesos ideológicos.
El problema es que esa “conspiración” nos está estallando como una granada, con la ciencia mayoritaria rendida ante lo que es evidente y mortal. En 1990, un grupo de expertos a nivel mundial designados por la Convención Marco sobre Cambio Climático de Naciones Unidas (UNFCCC siglas en inglés) publicó su primera evaluación sobre el calentamiento global (AR1).
Se trató de un informe cauto. Y es que sus autores son meteorólogos con experiencia en investigación, que no se dejan llevar por los trajines de la conveniencia política sino más bien por la observación puntual de los fenómenos naturales. Esa cautela los llevó a una conclusión despojada de drama: los fenómenos relacionados al cambio climático tenían un fuerte componente natural. La mano del hombre, al parecer, aún no aparecía con todo su potencial destructor.
Pero la evidencia, que es la madre del análisis científico, es abrumadora. Los AR2 y AR3 se empezaron a acercar a la verificación puntual del calentamiento global, hasta que el AR4, publicado en 2007 no deja lugar a dudas: de proseguir las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (…) el calentamiento aumentaría y el sistema climático mundial experimentaría durante el siglo XXI numerosos cambios, probablemente mayores que los observados durante el siglo XX”.
La cosa no empezó ayer. Lo hizo hace a finales del siglo XVIII, cuando la revolución industrial empezó a transformar a la humanidad con su tecnología y las grandes emanaciones de gases que llegan a la atmósfera, bloqueando el rebote de los rayos solares que se quedan en la tierra causando pavor en el equilibrio climatológico del planeta.
Y no fueron los activistas verdes los primeros en detectar que algo andaba mal con el tiempo. John Perkins Marsh, un académico políglota que se podría comunicar en 20 idiomas, advirtió en una conferencia impartida ante la Sociedad Agrícola del Condado de Rutland, en el estado de Vermont el 30 de septiembre de 1847: “Aunque no podemos, a voluntad, controlar la lluvia o la luz del sol, el viento, el hielo o la nieve (…) es cierto que el clima, en muchas instancias, ha cambiado de manera gradual, y ha mejorado o deteriorado la acción humana”.
En su libro Man and Nature, este ecologista temprano advertía que “la tierra se está convirtiendo en un hogar no apto para sus habitantes más nobles, y una nueva era de crimen humano (…) la reduciría a condiciones de pobreza productiva, de superficies destruidas, de excesos climáticos, hasta amenazar con el barbarismo y hasta la extinción de las especies”.
A Perkins no se le había perdido ninguna revolución ni se le había derrumbado algún mito, sino que sus advertencias se basaban en la observación de los cambios de patrones agrícolas que traumatizaban los campos y reducían la producción de alimentos.
Perkins no es el único, y aunque nunca usó el término “calentamiento global” o “cambio climático”, la ausencia de una jerga descriptiva como la que usamos en la postmodernidad del nuevo milenio no le quita valor a sus predicciones.
Sería muy largo enumerar a quienes se nos adelantaron en la alarma, pero ahora, entre los antecedentes históricos y la comprobación real de los hielos derretidos, las sequías africanas y la escasez de alimentos, como que podemos sacar una conclusión desagradable: la humanidad está conspirando contra si misma.
Admito mi conversión, porque no me importa confesar que tengo miedo a no sobrevivir.

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