Leopoldo II, el segundo monarca de los belgas (1835 - 1909), era un tipo malquerido, de barba desordenada y uniforme arrugado, como el de un militar derrotado en una escaramuza.
Antes de convertirse en rey, sucediendo a su padre, Leopoldo I, patriarca de la dinastía alemana de los Saxo Coburg, el entonces Duque de Brabante se pasó tres meses en los archivos de Indias, en Sevilla, estudiando la colonización de las Américas, aprendiendo colonialismo. Bélgica estaba condenada a la neutralidad y el horizonte belga no iba más allá de sus vecinos europeos y quizá una línea lejana no muy lejos de Ostende. Nada más. Y Leopoldo quería triunfar donde su padre había fracasado: en el logro de una colonia.
Después de convertirse en rey, en una ceremonia burocrática de pompa gris, en 1865, en la incompleta Bruselas, Leopoldo II salió de compras. Pero le dijeron que ni la provincia argentina de Entre Ríos, ni una pequeña isla frente a las costas de Uruguay, ni parte de América Central o las Filipinas, estaban a la venta.
Mientras Leopoldo trataba de darle relevancia colonial a Bélgica, un país en el que había nacido pero que consideraba provinciano, miope y medio díscolo, el explorador Henry Morton Stanley, que dizque encontró a Livingstone en medio del infierno africano, empezó a trazar trochas para servírsela luego en bandeja a Leopoldo.
Stanley, que tenía la costumbre de matar a quienes se oponían a sus penetrantes redadas en las selvas y estepas del centro de Africa, y que azotaba a los medio esclavos de Zanzíbar que se daban el lujo de descansar más de lo deseado, navegó el río Congo, casi de punta a punta, desde los trechos más benévolos, hasta los rápidos que impedían ver más allá del estallido de sus aguas.
Stanley apenas sobrevivió la aventura, y tuvo mucha suerte en ser el único blanco que quedó de su tripulación de europeos, por lo que se pudo dar el lujo de escribir como testigo de sus propias aventuras y sus propias tropelías.
Cuando Stanley, un galés huérfano que se hizo estadounidense a punta de mentiras, quiso convencer a los ingleses para que entraran en las tierras vírgenes del Congo, con un río que, para él, era una ruta natural para el comercio, le dijeron que no en Londres, no con censuras severas sino con la más absoluta indiferencia.
Pero Leopoldo estaba enterado. Todas las mañanas, luego de beber un vaso de agua tibia, echar una caminata por los jardines reales de Laeken y mandarse un desayuno de obispo, el rey belga leía The Times. Inmediatamente invitó a Stanley a Bruselas. El rey belga agitó un grueso fajo de francos frente a la vista cansada del explorador y le amancebó el ego. Poco después, Stanley regresó al Congo a explorar la vastedad de lo que sería la colonia personal de Leopoldo.
Lo que siguió en Europa fue la planificación de la rapiña. Leopoldo inventó la filantropía y el comercio libre entre naciones, además de explotar las rivalidades de franceses, alemanes y británicos, para conseguir que le regalaran el Congo.
Y en una larga reunión en Berlín, a finales de 1884 y principios de 1885, los poderes europeos y la joven Estados Unidos le dijeron que sí al eufemístico Estado Libre del Congo, con Leopoldo II como su soberano encargado.
La voracidad de la aristocracia de occidente, que decoraba sus estancias y mesillas de sala con arte de marfil, y la velocidad utilitaria de la industria, que devoraba caucho para sus vehículos y correas de trasmisión hicieron que el rey filantrópico, que habló de liberar a los africanos de la esclavitud impuesta por los árabes que venían del norte, y la promesa del intercambio de productos entre naciones de compraventa, matara a por lo menos cinco millones de congoleses, destajando los colmillos de elefantes inocentes y sangrando el árbol del caucho.
Los que no cumplían con la cuota de caucho que les imponían los agentes de Estado Libre terminaban muertos a machetazos o mutilados de manos y pies, y las viudas que no salieron violadas por los europeos huyeron selva adentro.
Leopoldo perdió en 1908, luego del escándalo de las matanzas. El Congo fue entregado al estado belga, para convertirse, esta vez, en una colonia formal, sin eufemismos ni tapujos. Pero el daño estaba hecho. El Congo nunca dejó de ser lo que ha sido desde que los europeos descubrieron su naturaleza hosca pero atrayente: una víctima de su propia riqueza.
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