En el invernadero de Laeken, el complejo palaciego del rey Leopoldo II a las afueras de Bruselas, el monarca habitaba, en su camastro de campaña, con plantas llegadas de lo más recóndito de su dominio africano: el Estado Libre del Congo. Orquídeas y palmeras convivían con arbustos y árboles enanos.
En ese refugio de cristal, Leopoldo recibía a ministros, leía el Times de Londres y conspiraba consigo mismo para despojar a sus tres hijas de toda partición testamentaria, cuando se muriera. El heredero del trono, su hijo Léopold Ferdinand Elie Victor Albert Marie Saxo Coburg, había muerto de neumonía en 1869, y por primera y única vez, sus súbditos vieron llorar a su rey. Leopoldo, al menos, en público, no volvería a soltar lágrimas. Ahora, amparado en su palacio de vidrio, Leopoldo hace además cuentas.
El Estado Libre le sale caro, se queja, le cuesta millones de su propia fortuna. Y encima tiene, como una sarna incómoda que no se cura con la magia de las relaciones públicas, a ese amanuense soberbio, el anglo francés Edmund Dené Morel, que lo está acosando con denuncias de abusos en el Congo, matanzas de nativos, esclavitud desde una gacetilla insignificante, The West Africa Mail.
Morel, que trabajó para la Elder Dempster, una compañía de Liverpool que tiene casi el monopolio práctico del transporte marítimo con el Congo, había notado que las cuentas no cuadraban y que el intercambio de productos era incongruente. Desde una empresa comercial y filantrópica, que se supone es el Estado Libre, salen hacia Boma (la capital del dominio de Leopoldo en Africa) mosquetes, pólvora y reclutas imberbes con cara de miedo. De Boma llegan toneladas de caucho que se distribuyen en los voraces mercados europeos y de Norteamérica.
Decenas de misioneros han venido denunciando abusos en los campamentos congoleños de las concesiones belgas, pero su labor evangelizadora les impide levantar la voz, por temor a que las autoridades los despojen de sus misiones en las orillas del Congo. Pero Morel, que renunció a la Elder Dempster para dedicarse a tiempo completo a clamar contra la aventura africana del monarca belga, sí puede, y lo hace, para escozor de Leopoldo II.
A las denuncias de Morel se sumará, más tarde, el informe de Roger Casement, el cónsul británico que investigó durante varios meses, las atrocidades del imperio de Leopoldo, a nombre de la corona británica. Y ese informe, al que los burócratas de la cancillería despojaron de nombres propios, para evitar problemas diplomáticos, marcaría el fin de la aventura del monarca belga en Africa. Leopoldo se siente irritado por las impertinencias de Morel, pero esa comezón se convertirá en tumor cuando Casement emita su informe, y lo que tantos denunciaron y tantos lamentaron obtenga sello oficial, a pesar de las demoras pusilánimes de los funcionarios de Whitehall.
Pero por ahora, eso no lo preocupa. Leopoldo piensa que le está haciendo un favor a Bélgica, al crear para su país una colonia de la que algún día se sentirá orgullosa. No importan, los "daños colaterales": campiñas tribales arrasadas, esclavitud, mutilaciones, en fin, abusos. Leopoldo necesita recuperar el dinero que ha invertido en su aventura, y no se puede dar el lujo de recordar que en cada conferencia convocada por él, habló de liberar a los congoleses de las cadenas materiales de los esclavos árabes, o la espiritual de la superstición, para remplazarlas por la libertad de la carne y del alma. Leopoldo ha mentido, y cuando esta salga a la luz, cuando se descubra esa simulación cruel, los mismos poderes que no quisieron ver y que le regalaron ese pedazo de Africa al rey seductor, los británicos y portugueses, que quisieron repartirse el Congo para evitar que Francia se meta, Estados Unidos, que crece y estira sus estados de cuenta con el caucho que llega de los dominios, en fin, los demás que firmaron sin hacerse preguntas, se desgarrarán las vestiduras, como si sirviera de algo.
Es ahora, momento de hacer una confesión un tanto vergonzante. Mario Vargas Llosa prepara una novela sobre el tema. El advenedizo que escribe esta columna también. Bueno, la novela comenzó a ser escrita hace seis años, pare decir la verdad. Se trata, lo sé, de una competencia desproporcionada: el escritor de vigencia universal contra el periodista incauto. Ante la puerta de Mario Vargas Llosa harán cola los Planeta, Alfaguara y Barral de este mundo para pedirle, rogarle, que les dejen publicar su libro. Javier Farje tendrá que tocar puertas y de repente no se abrirá ninguna. No importa, MVLL no tiene el monopolio de las pasiones literarias, y hasta un pobre diablo como yo tiene derecho a soñar. La tentación de escribir ¿recuerdan?

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