Roger Casement es una fascinación y un misterio; una seducción y un señuelo; en fin, una contradicción quijotesca y suicida que me atrajo desde el mismo momento en que Andrew Gray, un antropólogo inglés fascinado por la amazonía peruana, pero más que nada un hermano, me lo presentó en la polvorienta y exquisita biblioteca Bodleian de Oxford. En 17 cajas bien ordenadas yacían, vivos, los documentos, manuscritos, recortes de periódico y servilletas garabateadas de Roger Casement sobre las atrocidades del Putumayo. Andrew se nos murió en un accidente de aviación hace diez años, y quienes lo perdimos, extrañamos también un proyecto inmenso que tenía para rescatar la tragedia impúdica del caucho para la historia.
No comencé, entonces, a enterarme de Casement por la aventura final que lo llevaría al cadalso en 3 de agosto de 1916, sino por sus andanzas selváticas en las orillas del río Putumayo, cuando intentó, casi sin lograrlo, salvar a los indígenas witotos, boras y andoques de la voracidad cruel de la cauchera Peruvian Amazon Company (PAC), de Julio César Arana.
Arana se habría quedado a fabricar sombreros de jipijapa en su nativa Rioja – no la campiña española sino un pueblo sin mucha historia en la entrada de la selva – si no hubiera sido porque se enamoró perdidamente de Eleonora Zumaeta, que no tenía la más mínima intención de quedarse en su pueblo y convertirse en un aditamento servil en algún matrimonio de conveniencia familiar.
Arana se aventuró en la hostilidad de la selva, supliendo de vituallas a los caucheros colombianos y peruanos que se adentraban en la frontera indefinida de ambos países. Cuando pudo juntar algún dinero, Arana se unió a la caravana de aventureros que extraían la goma que salía a Europa sin pasar por la capital. Julio César, que reclutó a miembros de su familia y la de su mujer para que trabajaran con él, se hizo, de manera expeditiva, de la mano de obra más barata, esa que no hay que pagar y que consiguió en cacerías armadas: los indígenas. Al mismo tiempo, cuando algún colombiano intruso se atrevía a querer ganarse la vida en una chacra mínima o extrayendo caucho, los rifles, en manos los agentes de la Casa Arana (el nombre original de su empresa) se encargaban de disuadirlos.
En una historia que es larga y que será objeto del libro con que los he amenazado, cientos de indígenas murieron torturados, calcinados o de hambre. Casement, que a la sazón era cónsul en Río fue enviado por la cancillería británica a investigar, por dos razones: la PAC estaba registrada en Londres y tenía directores británicos, algunos de los cuales jamás en su vida habían pisado la amazonía. Al mismo tiempo, el gobierno británico tenía la obligación de investigar la suerte de sus súbditos en la compañía. Arana había reclutado empleados de Barbados, para que se encargaran de cazar indios, y Barbados era colonia británica.
Cuando el gobierno de Londres supo de la carnicería, gracias a la valentía de un ingeniero estadounidense a quien casi terminó asesinado por agentes de la PAC, Walter Handenburg, no tuvo dudas en encargarle la investigación a su mejor mastín. Roger Casement, después de todo, había sido el hombre que derrumbó el imperio congoleño de Leopoldo II (ver Las Fechorías del Rey Belga I y II). Casement sabía de selvas, víctimas y mutilaciones. El informe de Casement sobre el Estado Libre del Congo, que los burócratas de Whitehall habían moderado suprimiendo los nombres de los culpables, tuvo un efecto devastador.
¿Quién mejor, entonces que Roger Casement para investigar lo que él llamó en su momento "un nuevo Congo"? El cónsul, que ya había empezado a sentir ese cosquilleo nacionalista que le costaría la vida, se embarcó en una jornada exhaustiva y cansadora. Su informe dio origen a la formación de un comité investigador en la Cámara de los Comunes, ante el que el propio Julio César Arana atestiguó, con traje de lino y sarita.
Lamentablemente las cosas no salieron tan bien. Casement quería evitar la quiebra y liquidación de la compañía, que era una manera cara pero expeditiva de huir del castigo por parte de Arana y sus secuaces. No lo logró, pero el fin de la PAC liberó a regañadientes a los pocos indígenas que se salvaron de la barbarie.
En sus trajines, Casement envió a Londres y luego a Dublín a dos indígenas a los que quiso, de alguna manera, "civilizar" volviéndolos irlandeses: Aredomi y Omarino. Ambos, que no soportaron la inclemencias del norte, quedaron inmortalizados en un oleo en el que aparecen desconcertados. Poco después volvieron a la selva.
Roger Casement decidió, luego de su campaña en el Putumayo, suicidarse despacio involucrándose en la lucha para liberar a Irlanda de Gran Bretaña. Pero eso es otra historia.

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