02/11/2009

DE CARTAS MANUSCRITAS Y CORREOS POSTUMOS

A los seres humanos no nos gusta morirnos. Ni siquiera a los suicidas, porque aquellos que deciden dejar este mundo de forma voluntaria, no suelen hacerlo por amor a la muerte sino porque empezaron a odiar la vida, especialmente la suya.

Creemos en el otro mundo o la reencarnación porque nos rehusamos a aceptar el final de lo que somos, sabemos, amamos o nos falta conocer. Y cuando quienes más queremos nos dejan para siempre, tratamos de neutralizar la resignación con la posibilidad de que nos hagan sentir su presencia desde el más allá, con una señal inocua, una aparición onírica, un holograma de sueños que se nos aparece cuando más los necesitamos, para decirnos que no se han olvidado de nosotros.

Yo en particular, prefiero los recuerdos. Los convoco cuando lo que me rodea no me alcanza o me decepciona, cuando no es suficiente. Y a veces el descubrimiento de algo que desconocíamos de un ser querido, algo que aparece en el fondo de un baúl olvidado, hace que ese ser añorado se nos aparezca con una fisonomía que se nos antoja desconocida, fascinante y tierna.

Una tía mía, uno de los últimos eslabones de la generación de mi padre me regaló, como si me estuviera entregando un papiro secreto, una carta que su hermano le escribió en 1952. Las cartas, para quienes crecimos antes de la revolución cibernética, tienen un valor que aún se alza por sobre la nitidez sin gracia del correo electrónico. En esa misiva mi padre cuenta que un primo se ha casado con una chica hacendosa, que el escote del vestido que mi tía vistió para una fiesta causó sensación en el cuartel, que ha pasado varias semanas en un villorrio de aguas medicinales para recuperar la juventud perdida, y que la muerte nos llega a todos, a propósito del fallecimiento del suegro de su hermana. En la era de la comunicación a distancia e instantánea, no hay nada como el olor del papel viejo, la tinta que empieza a evaporarse, la caligrafía propia e irrepetible. Hay algo de poético en todo eso, una cierta vocación de perpetuidad que no tienen Hotmail o Gmail.

Se trata de una epístola exquisita, que traspira, a pesar de los años, el placer con el que mi padre la escribió. Pero lo más conmovedor es que esa carta me mostró a un padre que no conocí, 30 años después de su muerte repentina e incomprensible. Esa misiva me presentó a un hombre que pudo haber sido, no sé, guionista o escritor, y no el militar reticente que fue. Y esas hojas cuidadosamente dobladas que guardo en un cajón de mi mesa de noche junto con cartas de amor y monedas viejas e inútiles, me ha dado muchas respuestas. Ahora sé porque insistía en que me hiciera periodista, que me dedicara a escribir.

Por supuesto que en teoría, los recuerdos que tengo de mi padre no tienen por qué cambiar, ya que lo que guardamos en la memoria es lo que conocemos: los diálogos, las riñas, las carcajadas y las despedidas, sobre todo la final. En fin, cosas que sí ocurrieron. Pero a mí se me antoja, porque puedo y quiero, reciclar la memoria para incorporar conversaciones que no por inexistentes son menos factibles: como es la mujer de su primo recién casado, a santo de qué se le ocurrió a mi tía ponerse un vestido escotado para ir a una fiesta de militares, dónde quedan esas aguas medicinales, en caso que necesite yo también recuperar un poco la juventud perdida, y para preguntarle por qué no le tiene miedo a la muerte.

Hoy es perfectamente factible inventar recuerdos, porque hay redes sociales de internet que han incorporado a su vasta nomenclatura de posibilidades, mensajes que pueden ser leídos cuando su autor se haya muerto. Pueden ser correos de agradecimiento, una venganza póstuma o alguna declaración de amor tardía y, a esas alturas, francamente inútil. Se pueden celebrar aniversarios, recordar lunas de miel, confesar secretos, admitir culpas o reiterar sentimientos. Son los llamados Deathbooks.

Para el filósofo francés Guy Debord, quienes usan solo correos electrónicos, páginas sociales o textos en el celular forman parte de lo que él define como "multitudes solitarias". John Freeman, editor de la prestigiosa revista literaria británica Granta, ha llegado a la conclusión de que el correo electrónico aleja a la gente cada vez más. Recurrimos al mensaje cibernético para evitar el cara a cara, el encuentro fortuito. Nos pasamos horas revisando Facebook, Twiter o nuestros mensajes en las tres o cuatro cuentas que manejamos.

Según estadísticas serias, solo en el Reino Unido, entre 2007 y 2009, quienes pertenecemos a Facebook multiplicamos en 537% nuestras horas frente a la pantalla. Eso le quita mucho tiempo al intercambio de miradas, a los apretones de manos, a los besos en la mejilla y a las conversaciones espontáneas.

Y ahora nos vamos a pasar más tiempo leyendo lo que nos dijeron quienes se murieron.

En todo caso, la ventaja que tienen los Deathbooks es que es una manera de no morirse tanto. Uno ya no tiene razones para mentir, uno se puede limpiar la conciencia sin tener que someterse a interrogatorios conyugales o juntas de familia. Uno se puede dar el lujo de ser auténtico, casi virginal.

Pero tengo la impresión de que los Deathbooks, sumados a las horas que pasamos frente a la pantalla hablando con los vivos, nos despojan de lo humano que nos queda. Lo que deja de tener el valor de la sorpresa es aburrido y predecible. Los mensajes electrónicos póstumos nos despojan del descubrimiento de algo que desconocíamos, algo que quizá nuestro familiar muerto no quiso que supiéramos, sin ser necesariamente un secreto.

Para ser sinceros, y por esta vez entonces, yo me quedo con la carta de mi padre.

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