19/11/2009

DISQUICIONES (TRISTES) DE UN DESEMPLEADO

Guillermo entró lentamente al hotel en México. El sabía que estaba en México, sin que nadie se lo hubiera dicho, pero no recordaba su llegada al aeropuerto, la obligada visita al Zócalo o la empachada con tacos y cerveza. Cuando llegó a la recepción, una muchacha delgada y de uniforme azul lo recibió con una sonrisa plástica y le dio la bienvenida con palabras que Guillermo apenas entendió. Estaba demasiado cansado y lo único que deseaba era llegar a su habitación, meterse a la cama y dormir por todo lo que no había dormido desde que llegó a México sin visitar el Zócalo.

Subió y se dio cuenta de que la maleta que llevaba tenía una ligereza de pluma. Ingresó y lo recibió el ambiente perfecto para descansar: las cortinas eran de un granate grueso que apenas dejaban pasar la luz lechosa de ese día nublado. Las paredes tenían unos diseños que la hacía recordar esos pubs viejo de Londres, con figuras de relieve aterciopelado y formas rebuscadas, oblongas, redondeadas, floridas y marrones, en fondo crema. La colcha que cubría la cama era de un castaño simple y la almohada era plana.

Dejó la maleta ligera en una silla que crujió como si sufriera de algún reumatismo anciano, y se sentó en la cama a recordar. Cuando empezaba a hilar esos pensamientos confusos que lo habían llevado a esa habitación de un hotel en México que no parecía estar en México sino más bien en Manchester o Liverpool, sonó el teléfono. Levantó esa pesada corneta de baquelita negra, y la misma niña de la sonrisa asalariada le dijo de la manera más amable que en realidad no existía.

Guillermo protestó, estaba demasiado cansado, venía (lo sospechaba) de un viaje muy largo y no estaba para bromas pesadas. "No señor", le dijo la recepcionista "no estoy bromeando, usted no existe". Recordó que al llegar a la recepción del hotel, no había entregado tarjeta de crédito alguna para pagar su alojamiento, tampoco su pasaporte, no había firmado el libro de entrada, nadie se le había acercado para ayudarlo con la maleta, y ahora ni siquiera recordaba el rostro de la niña de uniforme azul. Solo recordaba que había llegado.

En medio de su confusión, atinó a soltar una disculpa y pedir cinco minutos para comprobar su identidad. Abrió la maleta y descubrió que estaba llena de papeles en blanco, papeles que no decían nada. Trató de desenterrar su pasaporte pero no lo logró simplemente porque no estaba ahí, ni en el fondo de la maleta, ni en los bolsillos anexos, en los que encontró, además, recibos en blanco, recibos que no decía qué o dónde había comprado, comido o bebido. Cerró los ojos y trató de recordar. Nada. En efecto, todo parecía conducirlo a la conclusión de que no existía, a pesar de que el espejo en el que trató de buscar una respuesta le devolvió un rostro cansado, mal afeitado, con el pelo revuelto y una mirada muy, pero muy triste, muy real, en todo caso, muy existente.

Guillermo quiso gritar para que el mundo supiera que ese tipo desarrapado no tendría pasaporte y se paseaba con una maleta llena de papeles en blanco, pero era, estaba, era capaz de cantar, por ejemplo, si había razones para ello, o reír si se presentaba la ocasión. Y no pudo, nada salió de su garganta bloqueada por una piedra de silencio.

Se agarró la cabeza con las manos crispadas y cuando estaba a punto de sucumbir a la desesperación y al vacío, alguien llamó a la puerta y esta se abrió, como si quien quería entrar no tuviera la más mínima intención de esperar una invitación.

Una chica de uniforme azul, pero esta vez sin sonrisa, entró y se dirigió a la maleta llena de papeles inútiles. La abrió y metió unos dedos delgados hasta el fondo mismo de ese equipaje inútil, unos dedos que salieron tan vacíos como habían entrado. "Usted no existe señor" le dijo, como quien le informa de la hora del desayuno o los precios del bar, nada importante. Quiso protestar pero cuando se dio cuenta de que no le saldría una palabra, Guillermo la vio salir con la misma caminata ligera con que había entrado.

Se dirigió a la ventana y abrió la cortina. Al otro lado de ese vidrio nebuloso apenas pudo percibir lo que parecía una gran carretera por la que las siluetas de automóviles y camiones parecían sucederse con una regularidad aburrida. No pudo distinguir mucho porque esos vidrios gruesos estaban empañados por una suciedad grasienta a la que se sumaba una lluvia que creaba una pantalla opaca e intermitente, que le impedía comprobar el mundo.

En el fondo de ese abismo en el que parecía enterrado, Guillermo pareció recordar que había llorado mucho en un pasado no muy lejano. No recordaba dónde ni por qué, pero sabía que había sollozado, que no había podido parar por mucho tiempo. Era una escena triste y sin tablado, una tragedia mínima que no le importaba al mundo. Era la tristeza de un ser insignificante y derrotado. Lo deprimió el hecho de que el único recuerdo que tenía era el de un llanto y no el de una carcajada.

Se metió a la cama y cerró los ojos. Guillermo se dispuso a soñar que soñaba, a buscar su propia existencia en el hecho de que era capaz de imaginar, con los ojos clausurados por la noche, alguna historia real, algo que le devolviera a la certeza de que las recepcionistas estaban equivocadas, que él sí vivía en un mundo verdadero, más allá de una ventana empañada.

Despertó bañado en sudor. Cuando abrió los ojos, vio el rostro preocupado de su mujer. "Hablaste mucho anoche, Guillermo" le dijo. Había dicho muchas cosas en ese soñar inquieto de la noche que acababa de terminar con el rostro suave de su compañera, con una explosión de luz. Había dicho en voz alta, mientras dormía, que no era, que no existía, había preguntado, se había preguntado, quién era de dónde veía, por qué ya no residía más en ese mundo que había construido con esa mujer fiel que le estaba pidiendo que volviera a ser quien había sido antes que lo echara del trabajo ese gerente lustroso, de sonrisa estúpida y vientre hinchado.

"Solo perdiste el trabajo, un trabajo, Guillermo" le dijo, "eso que te quitaron no eras tú, no eres tú, porque sigues siendo lo bueno y lo malo que siempre fuiste".

Se levantó, se pegó una ducha más bien fría, tomó un desayuno frugal y se despidió de su mujer con ese beso matinal que sabía a nuevo cada mañana.

"Cartero", se dijo, "me gustaría ser cartero", mientras leía en la página de empleos que la oficina postal necesitaba gente que existiera, para caminar siendo, para repartir papeles que no estuvieran en blanco. "Cartero", se dijo "¿por qué no?"

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