01/12/2009

FASCISMO Y LENGUAJE: EL CASO BRITÁNICO

La palabra no sólo es el vehículo que los seres humanos usamos para comunicamos, eso que nos hace diferentes de los animales. La palabra también es una trampa y una coartada. Y nadie lo ha usado mejor en este contexto que la ultraderecha británica, y hasta la derecha convencional se ha sentido tentada de manipular la riqueza de ese idioma que William Shakespeare elevó a alturas de vértigo verbal.

Comienzo con un ejemplo. Hace unas semanas, un periodista de radio le preguntó a un miembro del Partido Nacional Británico (BNP, siglas en inglés), una agrupación de ultraderecha, si una persona no blanca nacida en Gran Bretaña tenía el derecho de llamarse británica. "Cívicamente sí, pero no es étnicamente británica" respondió el entrevistado.

El BNP no se caracteriza por el acumen doctoral de sus miembros. Basta escuchar las entrevistas a sus activistas para deducir que una oración con sujeto, verbo y predicado la sueltan con dolores de parto. Y sería ingenuo pensar que el tipo que hizo la diferenciación entre lo "cívico" y lo "étnico" fue el beneficiario de un súbito ataque de lucidez intelectual. Lo que hizo fue repetir lo que los líderes del BNP, los tuertos en ese país de ciegos anónimos que es la ultraderecha británica, han confeccionado en ese catálogo de simplificaciones que constituye su base ideológica.

EL BNP es un partido que recluta a sus creyentes en los barrios más obreros del país, ahí donde el desempleo ha golpeado con fuerza y donde los sectores más recalcitrantes de la comunidad islámica hablan de yihad. El mensaje es muy simple: el inmigrante quita empleos y el musulmán va contra los valores cristianos. Nick Griffin, el líder del BNP, un tipo desaliñado y grotesco, se escuda en la ambigüedad idiomática para ser fascista sin admitirlo: "cuando digo que el islam y nuestros valores, la democracia occidental, son incompatibles, no digo que todos los musulmanes sean malos". Un tipo al que le asustan los excesos de alguna manifestación pro yihad se puede sentir cómodo con esta aseveración. Es islamofobia sin serlo, porque hay "musulmanes buenos".

Griffin ya no habla de raza. Nadie, por mucho que los provoque, le hará soltar alguna diatriba contra quienes no tienen la piel blanca, pero el desempleo es un buen atajo hacia la xenofobia, de ahí que la inmigración ocupa el lugar que ocupaba el negro caribeño en algunas manifestaciones obreras de los años setenta. Hay que controlar a los que llegan a estas islas para evitar que les quiten el empleo a los nativos.

Y en esto, Griffin no está solo. La derecha convencional que se quiere trepar al tren de la xenofobia para ganar votos, es tanto o más etérea que matones como Griffin. En la campaña electoral de 2005, el Partido Conservador hizo de la inmigración uno de sus caballitos de batalla más transpirados. No le resultó, en todo caso, porque en ese año no había suficiente desempleo como para desembarcar a los laboristas del poder, culpándolos de dejar a cuanto extranjero quisiera asentarse en esta tierra, despojando al pobre obrero británico de un empleo merecido. Pero el lenguaje fue más sutil, y por ende, más deshonesto. El líder conservador de la época, acuñó un slogan malévolo: "¿Están Pensando lo que Pensamos Nosotros?" El tema era inmigración. No se exprese contra el extranjero, no vaya ser que lo descalifiquen por racista o xenófobo, simplemente vote por nosotros. Lo más triste es que el líder conservador de la época era Michael Howard, un hijo de inmigrantes judíos que encontraron en este país un refugio contra los excesos de Hitler y sus secuaces.

Lo que la gente recuerda es lo último que escuchó, y esta trampa puede funcionar. El "por supuesto" seguido por el "pero" cumplen una función vital en el lenguaje de la exclusión. "Por supuesto que los extranjeros son bienvenidos" dijo una vez el ex eurodiputado de derechas Robert Kilroy-Silk, "pero tenemos que decidir el número y la categoría" de quienes entran a este país. El "por supuesto" le da una cierta legitimidad al segregacionismo de la frase final, y eso le permite a Kilroy-Silk defenderse de acusaciones de xenofobia. Pero el mensaje sigue siendo el mismo: menos extranjeros.

El primer ministro británico, Gordon Brown, arrastrado por la necesidad de investirse de populismo para salvar su moribunda carrera política, le ha dado una mano a quienes se oponen a la inmigración. "Empleos británicos para trabajadores británicos" dijo una vez, cuando el tsunami de la recesión se empezaba a cernir sobre bancos y fábricas. Y esa sentencia, que se le ha pegado como un sarpullido incómodo, va a marcar gran parte de su inquilinato en el No. 10 de Downing Street.

El problema, en todo caso, es que la pureza étnica de quienes se proclaman anglosajones ni siquiera está acreditada por algún sello de garantía histórico Un estudio realizado por la Universidad de Leicester, reveló que siete habitantes de Yorkshire con un apellido no muy común poseen el cromosoma africano Y, proveniente de un inmigrante senegalés que vivió en esos condados a inicios del siglo XVIII.

Y muchos habitantes de la frontera entre Escocia e Inglaterra tienen sangre africana. Durante la ocupación romana de estas islas hace 1,800 años, muchos generales de origen libio, miembros de la llamada "División de los Moros", venían a descansar de sus campañas europeas en los asentamientos romanos en el norte de la isla, sosteniendo relaciones con las mujeres del lugar. Para muchos, se trató de un descubrimiento liberador, una forma de romper la monotonía racial de la que se sintieron orgullosos en el pasado, pero hay quienes creen haber contraído una enfermedad incurable. Es el dolor que se siente cuando nos destruyen un mito en el que creímos durante generaciones.

El debate entre la necesidad de preservar la libertad de expresión y la de proteger a las minorías étnicas es continuo y fascinante. La aparición de Nick Griffin en un programa de televisión dividió a Gran Bretaña. Durante Question Time, el programa de debate más antiguo del Reino Unido, Grifffin fue sometido a un bombardeo inmisericorde por parte de los panelistas y del propio moderador del programa, a tal punto que la popularidad de ese bufón balbuceante aumentó. Pero dicho incremento no puede ser atribuido a su elocuencia o su honestidad. Ese apoyo se evaporó en pocos días cuando la gente se dio cuenta que esa víctima del "establishment" seguía siendo el fascista de siempre.

La ultraderecha británica, seguida en menor medida por los partidos más establecidos, buscará en las elecciones de 2010 subterfugios idiomáticos para trasmitir un mensaje anti-inmigrante, que en tiempos de recesión y desempleo, pega y ayuda a captar votos. Sin embargo, el hecho mismo de que tengan que esforzarse tanto para manipular el "por supuesto" y el "pero" significa que tienen el poder de la palabra pero han perdido la batalla de la ideas.

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