16/02/2010

LA NUEVA SURAFRICA SI EXISTE

En diciembre de 1992, cuando viajé a Suráfrica por primera vez, el país aún guardaba en la retina las celebraciones de la liberación de Nelson Mandela 27 años después de que el sistema de segregación racial llamado alegremente apartheid lo confinara en varias mazmorras. La más cruel fue sin duda la de Robben Osland. No es que el régimen carcelario en esa isla breve fuera más rígido que el de otras prisiones en las que Mandela y sus colegas trataron de no pudrirse en el olvido. La visión desde el jardín casi clandestino o las canteras de cal era lo que quizá más dolía: la libertad perdida que se veía a lo lejos, la montaña plana, los yates y las tiendas, el bullicio de la ciudad, tan cerca y a la vez tan lejos, a media hora de viaje en lancha.

Mandela no navegó desde la isla sino que salió con un paso lento y digno de la prisión de Victor Verster, en la campiña de Ciudad del Cabo, para reencontrarse con quienes tenían prohibido poseer una foto suya bajo pena de prisión, quienes murmuraban su nombre en voz baja, para evitarse problemas.

La Suráfrica que yo conocí apenas gateaba hacia la democracia, el sistema del apartheid había empezado a desmontar ese aparato económico que lo sostuvo en los años de aislamiento. El monopolio comercial estatal, que era más propio del estalinismo con el que el gobierno asustaba a la minoría blanca, empezaba a dar cabida a una cierta libertad mercantil. Las negociaciones para una transición a la democracia se tejían lentamente, los ataques de la extrema derecha blanca se repetían con una frecuencia alarmante, y muchos "europeos", que había vivido convencidos de que la "marea negra y roja" los ahogaría despojándolos de sus tierras, sus casas y sus vacaciones, empezaban descubrir, atónitos, que les habían mentido.

Mandela estaba aún a un año del poder, pero la democracia multipartidaria, que se gestaba con paciencia, se empezaba a notar en el alivio de ver parejas multicolores sin temor a que terminaran en la cárcel, o en la apertura de las calles y las playas a la mayoría negra.

Mis regresos han sido cíclicos y constantes. Y cada vez que vuelvo a mi ciudad favorita, algo ha cambiado.

Mandela decidió darle la contra a la tradición africana de quedarse en el poder más allá de lo que la cautela y el buen sentido aconsejan, y dejó la siguiente candidatura presidencial a su principal lugarteniente, el sofisticado Thabo Mbeki, hijo de Govan Mbeki, otro desterrado de la generación de liberadores del Congreso Nacional Africano (ANC). Mbeki, reelegido una vez, no duró en el poder y tuvo que renunciar en septiembre de 2008, acosado por su propio autoritarismo renacentista, y por intentar hundir a quien terminaría siendo su sucesor en las urnas, Jacob Zuma.

En Durban, la capital de KuaZulu Natal, de donde es originario Zuma, no se produjo la revolución que muchos predecían si caía Mbeki. Caminé por sus calles bulliciosas, al mediodía del día siguiente de la renuncia forzada de Mbeki, sin que nadie pestañeara más de lo acostumbrado: no pasó nada. Fue una evolución tranquila, la despedida de Mbeki fue digna (quizá uno de los mejores discursos de su vida), y su sucesor interino, Kgalema Motlanthe, un sindicalista pragmático, manejó la transición hacia el siguiente gobierno sin aspavientos pero con mano segura.

Jacob Zuma es un antiguo sindicalista, que cumplió con el requisito indispensable de haber pasado una temporada en las mazmorras de la tiranía, y que se jacta de su poligamia zulú, una coartada cultural que no parece molestar demasiado a sus compatriotas. Algunos blancos, que quisieron resucitar el fantasma de la marea rojinegra, advirtieron que si Mbeki se portó bien con ellos, Zuma haría lo que ni su predecesor ni el bueno de Mandela hicieron: los iban a despojar de todo, a la Mugabe. Pero, como toda predicción descabellada, no ocurrió nada de ello.

Cuando visité Suráfrica, poco después de la elección de Zuma como líder del ANC, es decir, como el próximo presidente de Suráfrica, el nuevo mandamás de la mayoría surafricana tuvo un gesto que sedujo a muchos blancos de overol y alicate, que temían por su futuro. Invitado por un sindicato eminentemente blanco, para que visite un asentamiento de pobres de ojos azules y piel rosada, Zuma sacó a relucir sus credenciales gremiales. Salió conmovido por la marginación. Quienes dialogaron con él descubrieron que les hablaba de obrero a obrero. Una afrikáner amigo de mi familia postiza, un corpulento conductor de camiones, que de vez en cuando deja escapar un tufillo racista, me dijo que por primera vez votaría por él porque consideraba a Zuma uno de su clase.

Jacob Zuma no tiene un expediente limpio. Fue enjuiciado por corrupción, una acusación de la que salió inocente por razones de pragmatismo político. En un país en el que la gente se muere todos los días por culpa del SIDA, Zuma se defendió alegremente en 2005 de una acusación de violar a una joven infectada por el virus, diciendo que se había pegado una ducha después de hacer el amor, para espantar a la enfermedad. Zuma pudo probar que nunca violó a la joven, que en efecto, fue un encuentro sexual voluntario, pero la ducha no cayó bien.

Jacob Zuma acaba de reconocer que tuvo una hija en relaciones extramatrimoniales. La revelación no pudo llegar en un peor momento, porque 2010 es un año de celebraciones y simbolismo. Hace 20 años, Nelson Mandela caminó puño en alto y de la mano de su esposa de entonces y de muchos años, Winnie, hacia la libertad a cuyo nacimiento contribuyó tras las rejas del apartheid.

Mandela se divorció de Winnie y se casó con Graca Machel, la viuda del asesinado presidente de Mozambique, Zamora Machel. Se trata de un matrimonio beatífico, que parece lleno de lo platónico que da la edad del declive, pero que el público contrasta con el folklorismo irresponsable de Jacob Zuma.

Pero Suráfrica no se va a hacer problemas por eso. A los surafricanos les preocupa la inflación, el desempleo y los cortes de luz. A blancos y negros los entusiasma el primer mundial de fútbol que se llevará a cabo por primera vez en África, la violencia criminal, que hace que Johannesburgo sea una de las ciudades más sangrientas del planeta y el futuro de las pensiones magras

Digo todo esto porque la historia surafricana, de la que he sido testigo presencial está llena de tormentas, y sin embargo los habitantes de ese paraíso en el extremo sur de África parecen no darse cuenta de lo bien que han capeado ese temporal.

Hace un par de años, me alojé en un departamento cerca a la calle principal de Ciudad del Cabo, una avenida que se derrama por mercados, hostales para mochileros y cafés que sirven un capuchino exquisito en salones de motivos africanos. Cuando tomé la desatinada decisión de salir a pasear cinco minutos antes de una lluvia diluviana, noté algo que hoy parece natural, pero que hace un par de décadas habría sido inconcebible y hasta criminal: de una escuela mixta salía niños negros y blancos bromeando, jugueteando, intercambiando coqueteos, en fin conviviendo. Esa jauría bulliciosa nació después de la inauguración de la democracia. Saben del apartheid, una tragedia relativamente reciente, por los libros de historia. Los pequeños niños negros que vi vestidos con uniformes impecables esa tarde de tormenta, no tuvieron que crecer más rápido de lo necesario agarrándose a pedradas con un sistema que les quería imponer un idioma que no era el suyo. A ellos les preocupa el último video juego y no las bombas lacrimógenas.

Cuando comenté entre mis amigos esa visión redentora, se encogieron de hombros, como si se tratara de lo más natural sobre la tierra. Lo es, pero eso le costó a Mandela y su banda de rebeldes igualitarios casi tres décadas de ignominia carcelaria, a los muchachos imberbes de Sharpeville la inmolación temprana de 1960, y a muchos de sus padres el exilio o el envenenamiento artero. Suráfrica ha avanzado más de lo que creen sus ciudadanos y algunos parecen no darse cuenta. Quizá en ello radica su grandeza.

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