05/03/2010

Un Cuento de Invierno

Se despertó a las seis de la mañana. Era invierno, de manera que el día que nacía aún tenían oscuridad de medianoche. Se levantó, encendió la luz de esa habitación que era solo suya desde que ella se marchó cansada de sus llantos, y decidió hacer algo que había postergado por semanas: limpiar las motas que se extendían por la alfombra. Eran partículas negras que se desprendían de los calcetines baratos que habían remplazado a los de diseño, desde que perdió el empleo. Esas motas lo tenían loco, se metían en las ranuras de la alfombra, se resistían a sus pellizcos. Se pasó una hora rescatando a las motas de las fibras del tapete, una por una, todas. Una hora después, no quedaban rastros y la alfombra parecía nueva. Se duchó y tomó un desayuno frugal de café instantáneo sin marca y pan integral. No es que tuviera que cuidar la figura. Desde que lo echaron, entre la pérdida del apetito y la pobreza, había perdido diez kilos y la fisonomía flácida que le devolvía el espejo lo deprimía aún más. El pan integral lo mantenía de pie por horas, sin la necesidad de almorzar. Se sintió bien. Por lo menos se había deshecho de las motas.

El había perdido control de su vida desde que perdió el trabajo. Dependía de la seguridad social, que decidía de cuanto debía disponer para sobrevivir; dependía del centro de reclutamiento laboral que le decía que no había nada, lo siento amigo; dependía de la soledad ahora, desde que ella, una funcionaria de éxito, lo dejó por un compañero de trabajo que definitivamente no había perdido el trabajo. El no era dueño de nada.

Ese día le tocaba firmar el registro de desempleo. Lo único bueno de esos días de firma para la caridad era la oportunidad de salir de la habitación para caminar por la ciudad, sin el apuro de quienes, como él hace unos meses, se apresuran para llegar a sus oficinas, a sus reuniones de directorio, a sus almuerzos de trabajo. A él, el desempleo le ha abolido el apuro, la necesidad de llegar a tiempo a algún lado. Ese día salió temprano para merodear por el edificio al que perteneció durante 15 años y casi todos los días. Cuando se acercó a saludar a la secretaria del departamento, la vio apurar el paso y mirar de reojo para evitarlo. "Cuando te echan de esta venerable institución, te conviertes oficialmente en leproso", le dijo el jefe de recursos humanos, un tipo cruel que se había dado a si mismo la misión de ahorrarle a la venerable institución millones de libras en liquidaciones, con el expediente sumario de los procesos disciplinarios. Si mirabas mal a un gerente, te echaban, y mientras la empresa probara que no había actuado de forma ilegal, aunque se tratara de una putada, no había nada que hacer. Se trataba de una guerra perdida antes de que comenzara.

Los pocos ahorros que tenía se habían evaporado en los bolsillos de abogados usureros, que le dieron consejos que él habría podido conseguir gratis en la biblioteca. "Vas a perder" era el discursillo recurrente que escuchaba de esos tinterillos que se apuraban en pasar las facturas correspondientes lo más rápido posible, porque el tipo tenía cara de estar a punto de perderlo todo.

"Si miro hacia atrás, me voy a convertir en estatua de sal, como la mujer de Lot" se dijo cuando se alejó del edificio de la venerable institución. Sintió alivio al no haberse encontrado con el hijo de puta que lo echó, un tipo que parecía permanentemente hinchado, y que a pesar de un sueldo injustamente oneroso, se vestía como un pordiosero, y a quien le deseaba una muerte dolorosa y lenta, de algo muy feo, un cáncer que carcoma la piel, un atoro durante una de sus cenas sibaritas, un asalto nocturno, en fin, un poquito de justicia.

La semana había dejado de ser un hecho cronológico, definido por cinco días de trabajo por dos de descanso. La semana era ahora un ente plano, en el que los domingos por la noche ya no eran la víspera de una jornada de informes, video-conferencias o cursos de gerencia, y los viernes por la tarde ya no auguraban una visita al pub que terminaba con sendos platos de curry. No había altibajos porque todos los días era iguales, uniformes, grises. Todo igual. Por lo menos se había deshecho de las motas.

El desempleo le había hecho descubrir cosas que desconocía y que dentro de su propia trivialidad, habían adquirido una trascendencia incomprensible. Había notado, por ejemplo, que el señor Patel silbaba una tonada ugandesa cuando salía repartir los diarios a las 6 de la mañana. El bebe de los vecinos lloraba puntualmente a las 5 y 15 de la madrugada. Ah, y había una panadería a dos cuadras de su habitación.

Cada vez que iba a firmar para el seguro de desempleo, se sentía como un marciano. El no pertenecía a esa jauría de conformistas que parecían vivir felices con esa propina del estado. El se había creado una rutina que lo sentaba en la misma esquina de la oficina de la seguridad social, frente a la misma gente. Había notado también la inmensa dignidad del señor Mugabe. Tenía la desgracia de llamarse como el tirano de Zimbabue, pero este Mugabe era amable y digno. Siempre se presentaba impecablemente vestido con un traje azul de rayas, corbata amarilla de seda y reloj de oro. Portaba, al igual que el cocinero, la obrera y el estudiante expulsado, la misma cartilla de desempleo, pero el señor Mugabe parecía cargarla como quien lleva un portafolio importante, una cartera de clientes o una biblia. Llegaba siempre después de él, sonreía y un día se presentó: "Peter Mugabe, para servirlo", le dio la mano, pero no le volvió a hablar cuando coincidieron los mismos jueves a las 12 y 43, como siempre.

Firmó y salió del centro de desempleo lo más rápido posible, guardó le cartilla y se mezcló con la multitud. Ese día decidió retomar el control de su vida. Llegó a su habitación y tendió la cama, desemplovó sus libros y se aseguró de que no hubiera más motas negras en la alfombra. Luego salió bajo un sol primaveral. Canceló el diario y se despidió del señor Patel con una sonrisa mascada.

Caminó despacio, porque no apurarse era el comienzo de la recuperación de su propia vida. Llegó al puente peatonal y se paró justo en la mitad. Corría una brisa suave y unas nubes delgadas intentaron ocultar el sol sin intimidarlo. Gritó "gané", antes de saltar.

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