29/03/2010

Los curas pederastas no pudieron conmigo

Cuando mis padres me matricularon en el colegio La Salle de Lima, lo hicieron porque les pareció la mejor elección. Después de todo, La Salle era una institución particular regida por los Hermanos de las Escuelas Cristianas, fundada por San Juan Bautista de la Salle, un fraile que nos miraba benévolo desde los oleos que invadían las paredes del colegio. El bus me recogía desde casi la misma puerta de mi casa y me devolvía, sano y salvo, luego de un periplo por barrios en los que hoy no me atrevería a entrar pero, pero que en los años ’60 eran relativamente seguros, con sus huertas ocultas tras paredones de quincha.

En teoría, yo debería tener de La Salle los mejores recuerdos. Después de todo, ahí hice la primera comunión, vestido de blanco, con una misal de tapas de nácar, un listón en el hombro derecho y una vela que nunca se prendió. En La Salle me confirmaron y en la Salle conseguí una medalla sin méritos, que para ser franco, sospecho que me la otorgaron por ser el tipo que más gritaba en el coro.

Las clases en la primaria las conducían principalmente hermanos con mano pesada, que te metían un tremendo sopapo por cometer la más humilde de las faltas: no rezar en voz alta, no responder a una pregunta fácil o simplemente porque el tipo podía meterte un bofetón con toda impunidad. En La Salle aprendí mis primeras palabras soeces y en La Salle me enamoré de la hermana de un compañero de clase que cometió el desatino de llevarla a una fiesta.

El problema es que, como muchos, un par de curas se escondieron en la autoridad absoluta de que gozaban para abusar sexualmente de mí en horas en las que debía asistir a clases, en la clandestinidad del garaje de autobuses. Cuando ocurrió el primer abuso, se lo conté a mis padres, con la ingenuidad de quien no sabía de qué iba la cosa. Los manoseos del cura, que se ganó la confianza de mis padres para llevarme a la matiné y aprovechar de esa oscuridad para ejercitar sus tentáculos aberrantes, me asustaron y desconcertaron. Después de todo ¿qué sabe de sexualidad un mocoso de 7 años?

Mis padres decidieron no explicarme nada, no sacarme de ninguna duda; después de todo, ello hubiera significado tener que decirle a un rapaz que la iglesia tenía sus defectos, y a los niños no se les da explicaciones adultas. Cuando el hermano encargado de investigar los abusos habló conmigo, decidió hacerlo de manera gráfica, copiando de manera exacta las iniquidades sexuales del primero. Los rumores entre mis compañeros de clase corrieron como reguero de pólvora y cuando salí de ese antro, me llevaba la reputación de “maricón”. Fue una experiencia que me confundió. Yo no entendí como el tipo que debía protegerme del abusador podía hacer lo mismo en nombre de la investigación disciplinaria.

Hartos, pero siempre eludiendo mis preguntas, mis padres me sacaron de La Salle y me pusieron en un colegio eminentemente laico y deliciosamente mixto. En ese colegio fui paje de una reina de la primavera de la que me enamoré, y a la que no podía mirar a los ojos porque me temblaban las piernas. Esa niña, María Morán era su nombre, fue mi salvación porque me hizo olvidar ese pasado inmediato de mi primaria en La Salle.

Recién pude hablar de mis experiencias cuando salí de Perú y en Europa encontré ese aire libre en el que se puede reconocer que a uno lo abusaron de niño. Esa fue mi segunda liberación, muchos años después de María Morán.

Yo soy uno de muchos, de miles, que pasamos por el filtro aberrante de la escuela religiosa, uno de esos que aparecen hoy, a veces con nombre y apellido, en los medios de comunicación irlandeses o en Boston o en Munich. Fue suficiente que uno levantara la voz y dijera ¡Basta! para que la podredumbre de los religiosos pederastas, la complicidad de los obispos y la falsedad del Papa quedaran en evidencia.

Sería exagerado decir que lo que me ocurrió me dejó un trauma de toda la vida. No es así. No sé si fue porque el abuso no fue tan extendido o frecuente como el de otros, o si se trata de alguna fuerza interior que a veces descubrimos para seguir sobreviviendo, a pesar de los recuerdos. O quizá se lo debo a los ojos caramelo de María Morán. Lo que sí sé es que, más de cuarenta años después de esos hechos deleznables, no puedo menos que ver con un deleite casi autocomplaciente como las víctimas gritan y como sus abusadores y sus cómplices jerárquicos hacen esfuerzos inútiles, y francamente patéticos, por justificar su silencio, tratando de abalear al mensajero (la prensa), tratando de hacer creer a los sacrificados en el altar de la autoridad abusiva que lo sienten mucho, de verdad y que no es culpa de ellos.

La iglesia ha tenido que reaccionar no porque sea consciente de sus propias falencias sino porque ha quedado expuesta, desnuda, ante los ojos del mundo, en toda su banalidad y toda su hipocresía.

Yo soy ateo. Al decir eso, se que le estoy dando munición a quienes seguramente van a argumentar que mi ateísmo es producto del resentimiento. Nada más lejos de la verdad. Mi falta de fe y mi negación de la existencia de un ser superior, de un dios, son parte de un proceso de evolución intelectual y, si se quiere, filosófica, que me ha hecho llegar a la conclusión de que el famoso Creador no existe. Soy evolucionista por ideología, no por sentimiento. Y ese proceso se produjo divorciado de mi propia experiencia en La Salle.

Aún recuerdo mis viajes por la serranía de Lima a comienzos de los ’80, acompañado de Neptalí Liceta, un sacerdote campesino que se murió en uno de sus viajes serranos, y que tomó el celibato como un monje asceta, que prefirió dedicar su vida a asegurarse que su mensaje religioso estuviera en sintonía con las necesidades de su pueblo. Con él viajaba su quena, y en noches de luna nos sentábamos a la puerta de una casa en una comunidad con el seductivo nombre de Pacaraos. El improvisaba tonadas y yo le ponía letra. Eran huaynos de tortura, con textos ingenuos y francamente impublicables. Con Neptalí compartimos horas y habitaciones y jamás, repito, jamás, hubo de su parte la menor insinuación de que nuestra amistad fuera más allá de nuestra causa común. Fue un respeto mutuo y entrañable, una amistad genuina y de acero que me hizo llorar como un niño cuando un amigo me escribió en 1988 para contarme que Neptalí se había muerto al desbarrancarse en su vieja camioneta, en uno de esos caminos que recorrimos juntos tantas veces en el pasado.

Es el recuerdo de un sacerdote pulcro el que guardo en la memoria, como una de las etapas más fructíferas de mi vida. Esta anécdota, espero, pone las cosas en contexto. Yo no comparto las creencias religiosas de mi amigo Neptalí y me da pena no creer en el cielo porque si alguien se lo merece, ese es mi amigo el cura campestre, pues no concibo la bondad sin seres como él.

Esa es la iglesia católica que respeto y por la que estoy dispuesto a tolerar, desde un punto de vista personal y hasta arrogante, esa necesidad urgente que tienen los feligreses por creer que existe un ser superior. Como ateo, pienso que los creyentes son amantes de una ficción que tiene más que ver con la necesidad de que hay algo luego de morirnos antes de aceptar que con el último suspiro, todo llega a su final. Creen en algo que no está, vamos.

Y cuando pienso en sacerdotes como Neptalí, me doy cuenta de lo pobre, lo mezquina, lo despreciable que es la institución que presiden Ratzinger, sus purpurados, muchos de sus párrocos y gran parte de sus capellanes. ¿Cuántas reuniones secretas han implantado una mordaza a quienes sufrieron de abusos cuando eran niños? ¿Cuántos padres, temerosos del poder abrumador de su institución espiritual, han preferido y siguen prefiriendo barrer bajo una alfombra de incertidumbre esa basura que niega la realidad, como si no hubiera pasado nada? ¿Cuántos silencios han arruinado las vidas de quienes se vieron obligados a crecer demasiado rápido y antes de tiempo por culpa de quienes abusaron de ellos desde la altura intimidatoria de un púlpito?

Ya era hora, digo yo. Quizá la Iglesia saldrá fortalecida después de un período de convalecencia post-Ratzinger. Quizá las nuevas generaciones de jerarcas que sucederán a los actuales cardenales y obispos cómplices, tendrán el coraje de superar la estupidez del celibato, el anacronismo de la confesión y la clandestinidad del encubrimiento artero. O quizá no y la Iglesia católica seguirá camino al ocaso. Me siento tentado a desear esto último, pero eso no sería justo con Neptalí, que se merece algo mejor, mucho mejor.

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