on volver al Caribe, a disfrutar de una jubilación merecida, Sheiba parecía destinada a algún refugio en el que se moriría de pura soledad. Claro que los gatos son independientes, no se hacen problemas con ataduras afectivas, y su lealtad suele limitarse a quedarse donde los alimenten bien. Quizá la obsesión inglesa por los gatos tenga que ver con ese pragmatismo flemático que implica tener una mascota sin necesidad de preocuparse por llevarla de paseo o extrañar su ausencia. Los gatos apenas necesitan de una ventana medio abierta para entrar y salir con toda libertad, y a veces en un silencio total.Pero Sheiba se convirtió en un desafío. Para comenzar, decidimos adoptarla con nombre y todo. En Gran Bretaña, no hay apelativo para gatos más predecible y ocioso que Sheiba. Es la María de las felinas. Pudimos buscar un nombre exótico para esa gata blanquinegra que se la pasó todo el verano viviendo en el jardín, apenas atreviéndose a comer en la puerta, sin confiar lo suficiente como para convertir nuestra vieja casa victoriana en su nuevo hogar, para mandarse a mudar a los arbustos. Pero llegó como Sheiba y como Sheiba se fue.
Cuando los primeros fríos del otoño empezaron a mojar de rocío los jardines del vecindario, Sheiba entró con una desfachatez conmovedora y decidió instalarse en el sofá de la sala. Este sería el primero de todos los refugios en los que Sheiba se sentiría cómoda: usó nuestra cama, la comodidad de la habitación de invitados, y hasta el sótano, del que emergía más negra que antes, debido a la suciedad carbonera acumulada por dueños mucho más antiguos que nosotros.
Nunca supimos si Sheiba era tímida o huraña. O un poco de los dos. Se limitaba a comer y dormir, y apenas uno intentaba un gesto de cariño, soltaba un zarpazo con las uñas más filudas que he visto en mi vida. Eso cuando no decidía soltar un mordisco. Se resistía a dejarse querer. Poco a poco, mi compañera la conquistó, a punta de paciencia y unos brazos sometidos a arañazos múltiples.
Sheiba se empezó a dejar querer hasta el punto de que un día, cuatro años después de su adopción, empezó a maullar. Hasta ese momento, no había emitido sonido alguno y pensamos que era muda, que los maltratos a los que había sido sometida por el esposo de nuestra vecina, que la odiaba, la habían privado de toda necesidad de comunicarse. Pero un día reclamó por el plato vacío que languidecía en su esquina de la cocina con un tremendo maullido. Otro triunfo. Desde ese momento, de manera puntual a las 5 de la mañana, se trepaba a la cama y reclamaba un desayuno temprano. Y en los días de verano, nos acompañaba en el jardín, aletargada por el sol, dormida bajo la mesa de las parrilladas. Y cuando estaba contenta a las 3 de la madrugada, soltaba un runruneo sísmico que nos deleitaba en medio de los sueños.
A mí me tomó más tiempo conquistarla, debido a que odiaba a los hombres. Decidimos que yo me encargaría de alimentarla, a ver si establecíamos un matrimonio de conveniencia mediante el cual a la vieja no le quedaba más remedio que tratarme bien, simplemente porque yo me encargaba de llenarle el plato con la suculencia fétida de su comida enlatada.
Cuando dejé el empleo de oficina y empecé a trabajar en casa, fui yo quien se encargó de cuidarla todo el día. Los dos establecimos una amistad respetuosa. Cada vez que ella tenía hambre, se me acercaba y me hacía compañía mientras yo trabajaba en la pequeña oficina del fondo de nuestra casa. Sheiba se acurrucaba debajo del escritorio, esperando a que yo me animara a llenarle el plato. Yo me demoraba lo más posible para tenerla conmigo el mayor tiempo posible. La vieja, que adoraba a mi compañera, decidió cambiar de lealtades y se dejó querer por mí. Y era a mí a quien recurría para dejarse alimentar.
Hace unas semanas me di cuenta de que Sheiba había perdido peso y chispa. Ya no subía a reclamar atención o pedazos de pollo en gelatina. Perdió el apetito y sus maullidos se convirtieron en llamados casi imperceptibles para que le llenáramos un plato que dejaba intacto. Siempre durmió mucho, como todos los gatos, pero esta vez, la vieja apenas se movía de una esquina del comedor.
Fue entonces que decidimos llevarla al veterinario. Un tipo panzón absurdamente ataviado con una camisa hawaiana nos dijo, luego de pasar minutos interminables examinándole el vientre, que Sheiba se estaba muriendo. Tenía unos tumores que, de manera inevitable, se iban a multiplicar. El veterinario de la camisa de piñas y palmeras nos ofreció ponerla a dormir ahí mismo, pero, ante la mirada de ruego de sus dueños dolidos, decidió ponerle un par de inyecciones para contener la infección. “Con tan poco peso no va a durar” nos advirtió con aire solemne.
En casa, poco a poco, Sheiba empezó a comer unas latas de paté gatuno de lujo, subió de peso y pareció recuperarse. ¿Y si el veterinario se equivocó? Después de todo, ¿cómo tomar en serio a un tipo que se viste con una camisa chillona en Londres en una primavera que demora? De repente Sheiba no se está muriendo, todo fue un error. La sometimos, además, a una dieta humana: comida especialmente preparada de pescado y pollo.
Pero hace unos días, volvió a la rutina de ignorar la comida, de dormir horas interminables. Su respiración se volvió pesada, le sacudía el cuerpecito flaco por el que se le insinuaban las costillas. Había llegado el momento de dejar de mentirnos y devolverle el favor a Sheiba. Durante seis años nos llenó de una extraña alegría, y no era justo de que, cuando era hora de dejarla descansar, la sometiéramos a una tortura innecesaria y egoísta.
Sheiba se durmió en paz cuando el veterinario le puso la inyección letal; se fue en silencio, sin quejas ni maullidos, así nomás. Mi compañera le acarició la cabeza hasta que Sheiba dejó de enterarse. El veterinario nos preguntó si queríamos recoger las cenizas luego de la cremación, para esparcirlas en algún espacio querido. Parecía que el tipo nos hablaba de una tía lejana e incómoda, cuya muerte llegó de improviso y con cuyos restos no saben qué hacer. Dijimos que no. Después de todo, hay rituales que pertenecen a los humanos, no a las mascotas.
Salimos del consultorio y la caminata de regreso, que no toma más de veinte minutos, nos pareció interminable. Ya está. A vivir sin Sheiba.
Por supuesto que quizá el dolor habría sido menos punzante si yo hubiera decidido recurrir a algún consuelo barato, como decirme "es solo un animal" por ejemplo; o la ficción, digamos, como cuando Leona Cassiani le dijo a Florentino Ariza que “los gatos no se acuerdan de nadie” en El Amor en los Tiempos del Cólera. Pero Gabo no ayudó esta vez.
Los recuerdos de Sheiba están vinculados a las cosas que hicimos en estos últimos seis años, las comidas con los amigos, por ejemplo, durante las cuales se escondía hasta que la casa le volvía a pertenecer; o las ausencias, de las que volvíamos con ganas de ver a esa gata vieja que costó tanto esfuerzo domar. O simplemente las tardes de invierno, durante las que escogía mi pantufla derecha para calentarse. O los días de sol en los que exploraba el jardín de manera minuciosa, como si cada vez que lo hacía, fuera la primera vez.
Han pasado cosas más importantes desde que Sheiba se empezó a morir. El Reino Unido tiene su primer gobierno de coalición desde la Segunda Guerra Mundial y David Cameron es primer ministro; Grecia está en bancarrota y el Euro se tambalea. Un gran escape de petróleo amenaza con destruir la vida marina en el Golfo de México. Las selecciones que se clasificaron para el Mundial se enfrentan en la primera final que se disputa en Africa. Y el verano se ha instalado con timidez, pero a paso seguro. Y sin embargo, no me dan ganas de hablar de lo importante, de lo trascendente, de lo profundo.
Sheiba ha dejado un hueco muy, pero muy oscuro. Nos ha destrozado la rutina, y eso es muy doloroso. Ya habrá tiempo para desmenuzar las medidas de austeridad de Cameron, o las consecuencias ecológicas del derrame petrolero en el Golfo de México. O si Maradona es un buen entrenador. Hoy me despido de Sheiba simplemente porque Leona Cassiani no tenía razón.

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