Pero discrepamos, como ocurre con amigos que se conocen y estiman demasiado como para no dejar que ello interfiera con el afecto, sobre hasta qué punto le conviene al Perú un presidente como el comandante. El decía que hay que votar por Humala. Yo lo contraatacaba diciendo que tapándome la nariz votaría por Toledo, para después jalar la cadena.
Ambos somos de izquierda, pero a falta de un partido que nos represente, a veces tenemos que pensar en quién nos decepciona menos entre las opciones que se nos presentan en la mesa.
Le digo a Ismael y a quien quiera escucharme, que me molesta ese patrioterismo trasnochado y hasta infantil que practica Humala, que ve a Chile como un enemigo en potencia antes que como un socio necesario e inevitable en economía y en política.
Desde que tengo uso de razón, vengo escuchando ese disco gastado de la invasión. A Chile le han atribuido un polvorín portentoso de armas, pertrechos de combate, barcos artillados y búnkeres enterrados en el desierto, al acecho del enemigo norteño, listos para invadirnos y saquear la biblioteca nacional, como lo hicieron en 1879 cuando perdimos la guerra, entre otras razones porque nuestros ilustres líderes se mandaron mudar a Europa con el botín presupuestario que debió servir para financiar la defensa del país. Hasta ahora sigo esperando esa invasión, una amenaza que solo parece existir en la imaginación calenturienta de algunos de mis compatriotas y, por supuesto, muchos militares.
Le digo a Ismael que no creo que al Perú le convenga un presidente que nos puede poner al borde de un conflicto con Chile, simplemente porque no ha superado los prejuicios traumáticos que tienen los militares peruanos con respecto a nuestro vecino del sur.
Pero parece que hasta en eso ha cambiado el comandante. Es cierto que, al parecer, le pidió al presidente Piñera que Chile le pida perdón al Perú como un signo de buena voluntad para recuperar la confianza entre ambos países. Imagino que, de manera secreta, Piñera debe haber soltado una acertada y sonora carcajada ante tamaño despropósito. Pero al menos durante la campaña electoral no hostilizó a Chile, a pesar de que Piñera mostro falta de sensatez al decir que a su país le preocuparía el triunfo de Humala.
Teniendo a Toledo fuera de la carrera electoral y luego de haberme enterado mejor, empiezo a alinearme en las filas de Ismael.
Los escépticos dicen que la conversión de Humala del sonoro radicalismo chavista al sereno pragmatismo progresista de Lula no es más que una coartada para cautivar a aquellos votantes que, la vez pasada, prefirieron votar por Alan García porque a nadie le gusta que un presidente extranjero les diga cómo deben votar, como hizo Chávez. Pero no estoy de acuerdo con esas dudas.
Presumir que Ollanta Humala es incapaz de cambiar y moderar algunas de las ideas que mantuvo en el pasado, es hacer gala de una arrogancia que se parece bastante a la estupidez. Humala no es un tonto, los años en los que ha estado metido en política, y el fracaso de la vez pasada tienen que haber influido en esa evolución política que experimentan quienes saben lo qué es aceptable y posible en un país como el Perú.
Un amigo mío, fujimorista hasta la médula, y que dice que trabaja con inversionistas españoles, me ha bombardeado el buzón de entrada de mi correo electrónico con un viejo video de Hugo Chávez en el que promete que entregará el poder en cinco años. Como sabemos, Chávez cambió la constitución y se hizo reelegir. El video está acompañado por una advertencia apocalíptica: eso es lo que hará Humala si llega al poder. Mi amigo, que como algunos peruanos de derecha sufre de una amnesia bastante selectiva, olvida que en el Perú hay reglas muy claras sobre la reelección. Olvida también lo que le pasó a su héroe, Alberto Fujimori, cuando subestimó el enojo de los peruanos y quiso quedarse en el poder.
Hay un intento bastante burdo de pintar un panorama dantesco, con una aplanadora bolivariana barriendo con los últimos vestigios de civilización que nos quedan en el Perú, con un Humala convirtiendo a su país en un zombi de la Alternativa Bolivariana de las Américas, ALBA, a pesar de que el candidato ha sido bien claro en que, de ser elegido, no afiliará al Perú a esa alianza política.
Ese amigo mío dice que está aconsejando a sus colegas inversionistas españoles que pongan su dinero en Chile o Colombia y no en Perú, en caso que Humala llegue a la presidencia. El tipo debe sentir que le está haciendo un favor a su país aconsejando la desinversión, simplemente porque le tiene miedo a lo desconocido. Se trata, sospecho, de una cruzada personal e intransferible que lo hace sentirse mejor consigo mismo, más importante de lo que realmente es.
Pero esa actitud parece muy generalizada en quienes no solo desconfían de Humala sino que se resisten a aceptar que hay un cambio en la actitud del comandante. Incluso en las filas no fujimoristas.
Alvaro Vargas Llosa, coautor de El Regreso del Idiota Latinoamericano, advierte sobre el supuesto chavismo de Humala en un artículo publicado en España. El hijo del nuestro premio Nóbel coescribió con Plinio Apuleyo Mendoza y Carlos Alberto Montaner, una obra mezquina, intelectualmente pobre y deshonestamente selectiva, en la que, desde la burbuja en la que viven, disparan diatribas contra quienes no piensan como ellos.
Desde esa misma burbuja, Alvaro acusa a Humala de estatista y deja la pregunta flotando en el aire, como una inmensa espada de Dámocles “¿Le espera al Perú otro Chávez?”. Es el mismo Alvaro que elogia en El Regreso…, a China y sus avances económicos, ignorando de manera bastante conveniente que en materia de derechos humanos y democracia, como que China está bastante lejos de ser un ejemplo digno de seguir.
Humala ha tenido el tino de rodearse de un equipo bastante creíble de asesores. Salomón Lerner asesoró a Toledo en el pasado, apoyó la candidatura de Susana Villarán para la alcaldía de Lima, y hoy aconseja a Humala en temas educativos. Rosa Mavila fue directora del espinoso Instituto Nacional Penitenciario y ahora asesora a Humala en temas de seguridad interior. Manuel Danmert Egoaguirre es un destacado analista independiente que asesora a Humala en temas relacionados a minería y transporte. En fin, Omar Chehade es un consejero empresarial que no se hace problemas en afirmar que un gobierno humalista respetaría el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, a excepción de aquellos dispositivos lesivos a las posibilidades de Perú de tener un sistema de intercambio comercial justo.
A Ollanta Humala se le presenta una oportunidad única para crear un frente amplio y progresista que ponga en marcha esas reformas que le falta al país. No se trata de aglutinar solamente a aquellas fuerzas que se oponen al regreso del fujimorato, ese régimen que cerró el congreso, compró seres humanos y asesinó a inocentes. Se trata, en primer lugar, de establecer alianzas con aquellos sectores abandonados u hostilizados por García y sus esbirros: los pueblos indígenas, por ejemplo, que han sido víctima de esa versión distorsionada del desarrollo que el presidente saliente puso en práctica, destruyendo el medio ambiente como si se tratara simplemente de un capricho de vegetarianos europeos. Y aquellas regiones en cuyas entrañas trabajan las minas que se han beneficiado de los altos precios de los minerales en los mercados internacionales, pero en cuyas escuelas no hay carpetas o maestros, y en cuyos hospitales no se puede curar porque ni siquiera hay camillas o jeringas.
Se trata de buscar acuerdos en las filas de Toledo, por ejemplo, que tuvo la hidalguía de reconocer que no se puede seguir hablando de crecimiento económico sin redistribución de la riqueza. También en las huestes de Pedro Pablo Kuczynski, que representa a un sector empresarial con el que Humala tendrá que convivir si no quiere que se sequen las inversiones. Y en el partido de Luis Castañeda, con quien ya ha empezado a conversar. Y no hay que olvidar los sectores progresistas del APRA, cuya pobre actuación electoral (apenas ha sacado un puñado de congresistas) no significa que carezca de apoyo en amplios sectores de la población.
No se trata de buscar un consenso gratuito, porque los consensos no siempre son democráticos y a veces son frágiles, sino de un acuerdo mínimo que permita redistribuir la bonanza, proteger la fragilidad del medio ambiente y no asustar a un inversionista que tiene que aprender que, como decía Guillermo Thorndike “el mundo no alcanza para tanto pobre”.
Ollanta Humala puede presidir ese gobierno que le ha faltado al Perú durante su historia republicana. Al otro lado está el vacío.

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