02/06/2011

De seductor de plazuela a vergüenza pública: el ocaso de Alan García

En 1982, yo era un periodista imberbe que trataban de abrirse paso en un territorio hostil y tribal. En esa época yo laboraba como redactor en el semanario Kausachum, cuyo director, Augusto Zimmermann, había sido secretario de prensa del general Juan Velasco. Entre 1968 y 1975, ese militar de voz ronca y modales de labrador presidió en el Perú un gobierno militar inusual: puso en marcha reformas económicas que, en todo caso, fracasaron simplemente porque los militares no sirven para dirigir revoluciones sino más bien para combatirlas.

Zimmermann, que perdió el trabajo cuando Velasco fue depuesto, era un amante apasionado de las conspiraciones. Un día antes del cierre de edición, se desaparecía durante horas interminables, mientras nosotros esperábamos impacientes que completara su nota para enviar el material a la imprenta. Zimmermann escribía una columna curiosamente llamada "Servicio de Inteligencia". En ella, el director ponía datos "de adentro" y que los lectores devoraban con morbosidad y fascinación. Zimmermann nos hizo creer que se reunía con un grupo de militares rebeldes que lo "dateaban" sobre el descontento que existía dentro de las fuerzas armadas por la traición del presidente Belaunde, que desmontó las reformas que puso en marcha Velasco. Muchos años después supimos que ese grupo de militares "progres" eran una sola persona, un individuo siniestro llamado Vladimiro Montesinos. Zimmermann volvía de sus reuniones como quien retorna de una orgía tumultuosa, despeinado y eufórico. Se encerraba en su oficina, sometía a su máquina de escribir a un tecleo salvaje, y salía una hora después con las carillas llenas y el semblante satisfecho. La columna era un hit. Muchos de esos datos parecían las invenciones calenturientas de un militar megalómano, pero en esa época sonaban a verdad. Nos llamaban periodistas de otros medios para tratar de averiguar de dónde salía la información, y muchos de esos amigos que sabían que yo trabajaba en Kausachum, me trataban como si yo fuera el centinela de secretos impenetrables.

En esa época, Luis Gonzales Posada, cuñado de Velasco (era hermano de su viuda) frecuentaba las oficinas del semanario como un agente viajero que nos quiere vender, a como dé lugar, una aspiradora que no necesitamos. La aspiradora era, en realidad, un joven diputado del partido aprista de nombre Alan García. Este parlamentario de estatura intimidatoria y mirada de cormorán, que había tenido una actuación destacada en la Asamblea Constituyente, que la dictadura en retirada del general Morales Bermúdez convocó en 1979 para redactar una carta magna que remplazara ese anacronismo legal que era la constitución de 1933, ahora desafiaba al gobierno de Fernando Belaúnde con la lozanía de sus ideas reformadoras. García provenía de esa camada de encantadores de serpiente que eran criados en el semillero aprista en las artes del discurso público, algo en lo que el líder del partido, Víctor Raúl Haya de la Torre, era un maestro incomparable. Los discursos de esa generación de apristas nuevos que se alimentaban del mito de Haya de la Torre eran efectistas, seductores pero insinceros. Y García fue uno de los mejores alumnos de esa escuela que elevó la demagogia al olimpo del arte político. Zimmermann aceptó entrevistar a García, para deleite del "cuñadísimo" (mote con el que bautizaron a Gonzales Posada por el poder que tenía durante el gobierno de Velasco).

Alan llegó a las oficinas de Kausachum sin corbata pero rodeado de asesores. Uno de ellos, Hugo Otero, era el director de una agencia de publicidad que vendía jabones y cuentas bancarias con la habilidad de un malabarista chino. Otero había dirigido campañas publicitarias para las compañías más grandes del país con una efectividad aterradora. Otero sería uno de las pocas personas que acompañó a García en los días del exilio, años después, y cuando al futuro ex-presidente le quedaron pocos amigos, pero en esa mañana lluviosa de 1982 en la que apareció con él en nuestras oficinas de la Calle Libertadores, el cielo parecía ser el límite. A cada pregunta condescendiente de Zimmermann, García contestaba con elocuencia fácil, no sin antes consultar con la mirada a Otero, que aprobaba con un ligero movimiento de cabeza. Cuando, en mi atrevimiento de escolar rebelde, le pregunté si estaba dispuesto a salir a las calles a protestar contra Belaúnde, García reaccionó como si le hubiera picado una avispa. Miró a Otero y este dijo que no con la cabeza. García salió de la pregunta con una respuesta anodina, algo sobre el parlamento como lugar natural para el debate. Y cuando le tocó el turno a las fotos, Otero se negó a permitir que su patrocinado se la tomara sin corbata. Se prestó la única que existía en esa redacción de reporteros harapientos, y salió en la fotografía con aires de estadista. Junto a un Belaúnde envejecido y cansado, García parecía un tren imparable y veloz. Articulaba sus discursos y sus declaraciones como si hubiera nacido con las respuestas bajo el brazo.

Años después, Alan García logró algo que a su líder Haya de la Torre le habían negado la historia y los militares: la presidencia de la república. Como sabemos, en su primer período, García nacionalizó los bancos, presidió una hiperinflación dantesca y perdió la batalla por la moratoria de la deuda externa entre otras razones porque los países de la región lo dejaron completamente solo, mientras Sendero Luminoso amenazaba con incendiar los Andes. Su sucesor, Alberto Fujimori, barrió al APRA de la faz de la tierra. A diferencia de los inocentes comensales de La Victoria o los estudiantes de La Cantuta, asesinados por la dictadura, el tirano no necesitó de escuadrones de la muerte para eliminar al APRA, sino que recurrió a un arma devastadora en política: la indiferencia. En el congreso controlado por el fujimorismo, el APRA se convirtió en una anécdota parlamentaria, un grupúsculo irrelevante muy lejano de esas mayorías legislativas que tumbaban gobiernos o los mantenían a raya.

El regreso de Alan García al Perú, luego de la caída del déspota en 2001, marcó el comienzo de la recuperación del APRA como fuerza política. García no había perdido su inmensa capacidad de organizador. Este político, que ha engordado más allá de lo razonable en un tipo de apenas sesenta años, volvió a llenar las plazas y encandilar con sus discursos a esos peruanos desmemoriados que le dieron el beneficio de la duda y lo volvieron a elegir en 2006.

Es aquí donde empezó el declive.

El ya no es el político que citaba de memoria a Calderón de la Barca para referirse al exilio forzado, o el polemista que trituró a Ollanta Humala en el debate para las elecciones presidenciales de 2006. Hoy no es nada más que un parlanchín errático, que pulveriza a la gramática y pone a prueba el sentido común con declaraciones descabelladas. Cuando hace dos años los indígenas peruanos protestaron por una legislación que los afectaba, y sobre la que debieron ser consultados, conforme dice la ley, García dijo: "esas personas no son ciudadanos de primera clase, que puedan decir 400 mil nativos a 28 millones de peruanos: tú no tienes derecho de venir por aquí, de ninguna manera, quien piense de esa manera nos quiere llevar al retroceso primitivo". En una conferencia internacional de gerentes, el 24 de marzo de 2009, García definió al Perú como "una sociedad que tiene elementos de derrotismo un poco mayores que los que puedan tener los señores brasileros, que tienen más sol, más componente negro, más alegría que nosotros los andinos (…) o los colombianos, que son hiperactivos, tienen mezcla de español del norte ¿ah? vascongados y catalán, mayor componente negro y un poco de antropófago primitivo (…) todo eso es hiperactivismo (sic) racial, genético". Al día siguiente la periodista Rosa María Palacios calificó las sorprendentes declaraciones de García como "determinismo racial", una fórmula benevolente para no decir racismo puro y simple.

Pero las comunidades indígenas no han sido el único blanco de las iras patológicas de García. A los maestros, que protestaban por mejoras salariales, los calificó de "ociosos" que no eran dignos de educar a sus hijos. En un discurso público, García justificó su enojo con una teoría sin probar: "los que aquí gritan fueron jalados (desaprobados) en el examen, esa es la verdad".

La perla más reciente de este catálogo de desvaríos verbales en que se han convertido los discursos y las declaraciones de García, la constituye su peculiar análisis de la política internacional. Hace poco dijo, al referirse a la muerte de Osama bin Laden: "quiero expresar my felicidad y mi complacencia por la beatificación de Juan Pablo Segundo (…) su primer milagro ha sido extirpar de esta tierra a la encarnación demoniaca del crimen, del mal y del odio". Según García, el equipo de élite estadounidense que entró a Pakistán sin permiso para deshacerse de bin Laden, no tiene nada que ver con la muerte del líder de Al Qaeda, sino que ésta se produjo por los poderes divinos de un papa muerto.

Sería absurdo e inútil esperar que el Alan García de ese día húmedo de 1982 sea igual al presidente de hoy. La gente cambia, pero aún esas transformaciones tienen sus fronteras. La fogosidad de juventud de esos años idos ha dado paso a un pragmatismo falso cargado de racismo y de estupidez. En su segundo gobierno, García quiso devastar la Amazonía en nombre del "desarrollo", y para ello redujo de categoría a sus habitantes, estos dejaron de ser ciudadanos "de primera" para convertirse en obstáculos primitivos del progreso. Las protestas, las ganas de no dejar que lo equivocado se convierta en ley o institución, las atribuye García al carácter triste de la raza peruana, a esa falta de sol e "hiperactivismo" que nos convierte en derrotistas irredentos. Y los maestros se quejan simplemente porque no aprobaron un examen. Las complejidades de la política y la sociedad reducidas a frases incoherentes y carentes de lógica.

Alan García deja el gobierno como un político embotado y carente de ideas. El gran comunicador es hoy una sombra triste de lo que una vez fue. Del atrevimiento antiimperialista de ayer solo queda la hondonada reaccionaria de un líder en retirada. Del orador de ayer solo quedan los murmullos incoherentes de un político gastado y soso. Y ojalá que el fin de su gobierno marque su jubilación definitiva, por el bien de todos.


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