Descubrí a Peter en una de mis caminatas matinales. Se trata de un ejercicio destinado a evitar que termine en un hospital psiquiátrico, un intento de mi médico por salvarme de mi mismo. Perder el empleo de forma súbita luego de 15 años de servicios duele, porque durante ese tiempo, esa oficina, las reuniones en el pub los viernes por la tarde, las evaluaciones y los aumentos de sueldo solidifican una identidad que se pierde con el despido, y que te hace sentir solo, pobre, pequeño.
Peter no tiene que enfrentarse a esa crisis de identidad, porque tiene síndrome de Down.
Todos los días, Peter se sentaba en una banca de picnic ubicada en medio de un pequeño parque protegido por rejas de hierro. Se trata de una porción de pasto y arbustos que, por alguna razón extraña, no ejerce ningún tipo de atractivo entre las bandas de muchachos que invaden el barrio a partir de las seis de la tarde. Por eso es que ese parque, que ni siquiera tiene nombre, se convirtió en el feudo personal de Peter, desde el que veía pasar el mundo.
Peter se conocía casi de memoria la rutina diaria de la calle, la llegada puntual del camión casi de juguete del lechero, los atrasos del cartero, las rutinas de una anciana de pelo de plata que viaja de su casa a la tienda de la esquina con una frecuencia aterradora, "al menos 20 veces al día" me contó Peter una vez, cuando me detuve a atarme los cordones de las zapatillas.
Peter se sabía con precisión cronométrica la llegada y partida de las estaciones. Las vivía desde su banqueta de picnic, con una sonrisa que nunca se le borraba de ese rostro redondo e inocente. Se preguntaba por qué los días de invierno eran tan cortos, adivinaba los colores de la primavera, que adornaban los arboles que lo protegían de la mirada curiosa de los muchachos del barrio, cerraba los ojos y levantaba el rostro hacia el cielo cuando el sol se animaba a calentar los veranos efímeros de Londres y se paraba, con los brazos tendidos, a la espera de de que las primeras hojas de tonalidades rojizas, casi transparentes del otoño, le cayeran como una lluvia de pétalos.
Un día, algo que no era parte de ese calendario diario se idas y venidas diarias llamó la atención de Peter.
Una mujer madura, con cara de pocos amigos, y que no pertenecía a la logia barrial de pensionistas, maestros de escuela y albañiles prósperos, pasó una mañana tomada de la mano de una doncella de paso suave y cuerpo redondo. Sin planearlo, como esas cosas que nos ocurren y que solemos atribuir a la suerte, el destino o la coincidencia, ambos se miraron y se dieron cuenta de que habían nacido en el mismo mundo de felicidad que hoy habitaban y que, además, era ahora mucho más feliz porque se habían encontrado.
La mujer de pocos amigos no percibió ese encuentro que cambió a Peter para siempre, pero desde ese momento, se las arregló para posesionarse de su banca todos los días a las 10 de la mañana, que era cuando la vieja y la niña salían para dirigirse vaya uno a saber dónde.
A Peter le tomó un par de miradas más y mucho ensayo de coraje para atreverse a salir del parque cuando su muchacha emergía de su casa de chocolate (así se la imaginaba Peter, en todo caso). El quería estar más cerca de ella (la bautizó Sofía, como su madre), para percibir su olor, para ubicar el color exacto de sus ojos. Cuando lo hizo, se dio cuenta de que Sofía tenía el perfume de sábanas limpias, y que su mirada era de un marrón de caramelo.
Pasaron varios meses antes de que Peter diera el siguiente paso. Una mañana de otoño, luego de que recibiera en su parque personal las primeras hojas de esa estación que conduce a los días breves del invierno, Peter se atrevió. Salió del parque antes de que pasaran Sofía y su chaperona. Cuando las vio, se acercó, sacó la sonrisa más ancha y amable que tenía, extendió la mano a la vieja y se presentó "mucho gusto, mi nombre es Peter".
La reacción de la anciana le cayó como uno de esos truenos del verano que sacuden su parque. Levantó una mano huesuda de uñas largas y lo empujó de forma invisible, como la magia de una bruja. Sofía se quedó pálida pero no se atrevió a salir corriendo, sino que se bajó la mirada y se dejó arrastrar por la mujer.
Las 10 de la mañana de los días siguientes, de las estaciones puntuales, dejaron de ser lo que habían sido desde el momento en que Sofía llegó a la vida de Peter y él se enamoró. El presintió, en el fondo de su alma herida, que no la volvería a ver, como, en efecto, sucedió. A él le hubiera gustado buscarla, pararse frente a su casa o en una esquina cercana para espiarla y gozar de su presencia aunque sea de lejos, aunque ya no pudiera oler su piel limpia. Pero a los dos días de ese encuentro violento, un camión llegó a la dirección de su amada para recoger sofás, mesas, lámparas viejas y utensilios de cocina herrumbrosos.
Un día de otoño, cuando salí a una caminata que ya se había convertido en parte de mi vida, vi a Peter acurrucado en su banca y con la mirada cerrada. Me acerqué y lo sacudí. No me respondió. "Peter, Peter" insistí mientras se me bañaban los ojos de lágrimas. Peter había recuperado la sonrisa que la vieja le había borrado del rostro con su crueldad. Las hojas del otoño que cubrían su cuerpo ajado por la muerte parecían una manta con colores de fiesta, todas las tonalidades de la estación habían venido a despedir a ese centinela fiel de los cambios del tiempo y del cielo.
Esa tarde, a mi mujer le llamó la atención encontrarme sentado en el jardín, con la mano en la mejilla, como si tuviera mucho en que pensar. Cuando me preguntó que ocurría le dije que Peter había muerto.
Esa mujer con la que he compartido tantas penas y tantas frustraciones, que me ha visto reír y llorar sin sentido, pareció no entender mi tristeza. "Peter murió hace quince años" me dijo, y repitió, tomándome el rostro entre sus manos suaves "hace quince años, ¿no recuerdas?".
¿Con quién he estado hablando entonces en estos meses de caminatas inútiles? ¿Cómo supe de la historia del romance de Peter?
Hoy he decidido contar la historia de Peter aunque no sepa si realmente ocurrió, si Peter soy yo, o si él es lo que quise ser desde que me despidieron de la empresa. En el fondo no importa. Hoy estuve limpiando la banca, que se ha llenado de hojas muertas, de todas las hojas muertas de mi parque. Además he notado que el cartero volvió a llegar tarde hoy y el lechero le habló con malos modales a la señora del 219. Ya no hay respeto en este mundo, digo yo.

No se si todos tenemos un Peter dentro, ese inocente que jura que con una presentación sencilla se abre la puerta del resto del mundo. Pero lo que se es que gracias a ti, mi querido Calabaza podemos mirar nuevamente hacia adentro y comprobar que lo mejor de nosotros cobra vida en momentos insospechados.
ReplyDeleteMuchas gracias por compartir tu Peter en esta mañana de otoño!!
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